Receta de pestiños andaluces tradicionales: historia, trucos y variantes

receta de pestiños

receta de pestiños caseros

Los pestiños son uno de esos dulces andaluces de toda la vida que llenan la casa de olor a anís, ajonjolí y aceite de oliva caliente. Están ligados a las fiestas, a las reuniones familiares y a esas tardes de cocina en las que todo el mundo mete mano para amasar, liar y freír mientras se va picando “solo uno más”.

Este bocado crujiente, normalmente bañado en miel dorada o emborrizado en azúcar y canela, tiene raíces moriscas y siglos de historia a sus espaldas. A día de hoy sigue siendo imprescindible en Andalucía durante la Navidad, el Carnaval y, sobre todo, en Semana Santa en Cádiz, pero su fama ha traspasado fronteras y ya se prepara en media España… y en no pocas cocinas del extranjero.

Origen de los pestiños y tradición andaluza

pestiños andaluces tradicionales

Detrás de un simple pestiño hay una historia que mezcla cultura andalusí, cristiana y judía. Su origen se asocia a la época de Al-Ándalus, cuando la repostería árabe comenzó a dejar su huella en la cocina peninsular con el uso intensivo de especias, miel, semillas y frutos secos. Esa fusión se nota en la masa aromatizada con anís y sésamo, y en el acabado con miel o azúcar.

La primera referencia escrita al pestiño aparece en el siglo XVI, en “La lozana andaluza” de Francisco Delicado, donde ya se cita como parte del repertorio culinario de la época. Más adelante vuelve a mencionarse en obras como el sainete anónimo “Los locos de mayor marca” (1791) o en “El sombrero de tres picos” de Pedro Antonio de Alarcón, lo que demuestra que, lejos de ser algo local y reciente, era un dulce bien conocido y apreciado.

Muchos expertos relacionan el pestiño con la shebbakiyya marroquí, un dulce de tiras de masa frita, bañado en miel y espolvoreado con sésamo. La similitud en ingredientes (semillas de anís, ajonjolí, miel, harina, especias como canela e incluso agua de azahar) sugiere un posible origen común andalusí. En Marruecos, la shebbakiyya es protagonista del Ramadán por su poder energético; en España, su “prima hermana” aparece sobre todo en Navidad y Semana Santa.

En Andalucía, la tradición de los pestiños va más allá de la receta: siguen organizándose “pestiñadas” populares, donde varias generaciones se reúnen alrededor de grandes barreños de masa para formar, freír y repartir bandejas enteras entre familiares y vecinos. En sitios como Jerez es típico ver estos encuentros casi como un día de campo: mesas largas, aceite hirviendo, pestiños chiquititos bañados en miel y, en ocasiones, decorados con bolitas de anís de colores, y también en ciudades con tradición de la Semana Santa en Granada.

En Córdoba, en cambio, la costumbre más extendida es servir los pestiños rebozados en azúcar y canela, algo que marca una gran diferencia de presentación respecto a otras zonas andaluzas donde manda la miel. Incluso dentro de una misma provincia hay variaciones, lo que hace que cada familia defienda su receta “auténtica” como la que no se puede tocar.

Cuándo se comen los pestiños y cómo acompañarlos

pestiños para semana santa

Aunque los pestiños han sido siempre un dulce muy ligado a la Semana Santa, lo cierto es que se preparan en distintas épocas del año. En muchas casas aparecen en Adviento y Navidad, se repiten en Carnaval y vuelven a llenar las bandejas en los días grandes de la Pasión. También hay quien los asocia al Día de Todos los Santos, junto a otros clásicos como las torrijas o la leche frita.

En la actualidad, este dulce se ha extendido por casi toda España y ya no se limita a Andalucía. En lugares como La Rioja, por ejemplo, es habitual encontrarlos en pastelerías tradicionales. No es raro que alguien recuerde sus primeros pestiños lejos de su tierra, preparados por alguna “abuela andaluza” que se llevó la receta bajo el brazo cuando emigró.

En cuanto al mejor momento del día para disfrutarlos, hay consenso: son ideales para acompañar un café o un chocolate caliente a media tarde, para rematar una comida festiva o para picar mientras se charla en familia. Recién hechos, aún templados, resultan casi imposibles de dejar en la bandeja; con el reposo de unas horas, sobre todo si llevan miel, ganan en sabor y textura.

La gran discusión eterna es cómo terminarlos: ¿miel o azúcar con canela? Hay quien defiende que el baño de miel los hace demasiado empalagosos y prefiere una cobertura más sencilla de azúcar y canela, similar a la de las torrijas. Otros no conciben un pestiño sin su capa pegajosa y aromática de miel diluida. Lo bueno es que ambas versiones son tradicionales y puedes preparar media tanda de cada para contentar a todo el mundo.

Como otros dulces de sartén (torrijas, buñuelos de viento, castagnole, frixuelos, filloas…), los pestiños se consideran “caprichos de temporada”. Llevan su rato de trabajo, es verdad, pero la satisfacción de ver una mesa llena de dulces caseros compensa con creces el tiempo invertido. Además, son recetas muy agradecidas para cocinar con niños en la parte de amasado y formado, siempre con un adulto controlando la fritura.

Ingredientes básicos del pestiño andaluz

ingredientes para hacer pestiños

Aunque existen mil variantes, las recetas más típicas de pestiños comparten una base muy similar que combina harina de trigo, aceite de oliva y vino, enriquecidos con aromas cítricos, especias y semillas. A partir de los ejemplos tradicionales podemos identificar dos grandes líneas: las que incluyen zumo de naranja y las que apuestan por un vino blanco o moscatel más marcado.

Una fórmula muy representativa, de estilo andaluz general, usa aproximadamente 400 g de harina, unos 100 ml de aceite de oliva virgen extra, 100 ml de vino blanco y 100 ml de zumo de naranja. Se aromatiza el aceite con pieles de naranja y limón, una rama de canela y anís en grano, y se completa la masa con sésamo (ajonjolí) tostado, más una pizca de sal. Al final, se terminan con azúcar y canela o con miel.

En la versión cordobesa más clásica, la proporción habitual es de 1/2 kg de harina, 150 ml de vino blanco (a menudo de la D.O. Montilla-Moriles), 150 ml de aceite de oliva virgen extra, unos 10 g de anís en grano o matalahúva, 10 g de ajonjolí, piel de limón y una pizca de sal. Se reserva más aceite para freír, y se rebozan en una mezcla generosa de azúcar y canela, lo que les da ese acabado blanquecino tan reconocible.

En otras recetas, especialmente las que buscan un toque algo más dulce y aromático, se recurre a vino moscatel o licor de anís en pequeña cantidad. También es bastante corriente añadir un poco de leche en la masa, o utilizarla junto con miel para hacer el baño final, como en la versión de pestiños de miel elaborados con un vaso de leche, una copita de anís dulce, medio kilo de harina, miel, matalahúva, ajonjolí y piel de limón.

Como norma general, los pestiños combinan ingredientes de perfil muy energético: harinas, azúcares, aceite y, en algunos casos, miel. Por eso son tan apreciados en épocas festivas o tras días de ayuno, tanto en la tradición cristiana (Cuaresma y Semana Santa) como en la musulmana (Ramadán). No son precisamente “ligeros”, pero sí tremendamente reconfortantes.

Cómo aromatizar el aceite y preparar la masa de pestiños

masa de pestiños caseros

Una de las claves del sabor auténtico está en el aceite aromatizado. No se trata solo de mezclar ingredientes: el aceite se “perfuma” previamente con cítricos y especias, para que la masa recoja todos esos matices. Este gesto, heredado de la forma de cocinar de las abuelas, marca la diferencia.

Lo más habitual es poner en un cazo o sartén el aceite de oliva a fuego bajo o medio, con piel de limón y/o naranja (mejor sin la parte blanca para evitar el amargor) y, según la receta, una rama de canela. Se deja calentar suavemente unos 10 minutos, hasta que las pieles empiecen a dorarse por los bordes y el aceite desprenda un aroma intenso. En ese momento se incorpora el anís en grano y, si se desea, el ajonjolí, aprovechando el calor residual para que se tuesten ligeramente y suelten todo su sabor.

En otras versiones, el ajonjolí se tuesta por separado en una sartén sin aceite, moviéndolo para que no se queme, y luego se añade directamente a la harina. Sea como sea, el objetivo es que las semillas se abran y liberen su aroma. Tras este paso, el aceite se cuela para retirar las pieles y la canela, y se deja templar antes de mezclarlo con el resto de ingredientes líquidos.

Para la masa, se coloca la harina en un bol grande, se añade la sal, el vino y el aceite aromatizado ya colado, y se mezcla primero con una cuchara de madera. Si la receta lo lleva, se incorpora el zumo de naranja o la leche en este punto, junto con el sésamo tostado. Cuando la mezcla empieza a espesar y cuesta moverla con la cuchara, se pasa a trabajarla sobre la encimera.

El amasado a mano dura unos minutos, hasta conseguir una masa elástica, lisa y que no se pegue a las manos. Gracias a la cantidad de aceite que lleva, suele ser una masa bastante manejable, que no necesita demasiada harina extra en la superficie de trabajo. De hecho, algunos cocineros recomiendan untar ligeramente la encimera con aceite en lugar de añadir más harina, para no resecar la masa.

Una vez lista, se forma una bola, se cubre con un paño limpio y se deja reposar alrededor de 30 minutos. Este descanso es importante para que el gluten se relaje y luego sea más fácil estirarla fina sin que se encoja. En muchas casas, mientras reposa la masa se va preparando la mezcla de azúcar y canela o la miel con agua para el baño final.

Formado, fritura y acabado: el toque crujiente perfecto

Con la masa ya descansada, llega la parte más entretenida: dar forma a los pestiños. Tradicionalmente se suelen hacer rectangulares o cuadrados, pero se admite prácticamente cualquier tamaño y formato, desde bocaditos muy pequeños a piezas más grandes “para mojar en el café”.

Lo más frecuente es estirar la masa con un rodillo sobre la encimera bien limpia, hasta dejarla bastante fina. Conviene recordar que la masa “sube” un poco al freír, adquiriendo cierto hojaldrado interno, así que si la dejas demasiado gruesa corres el riesgo de que quede cruda por dentro o demasiado dura. Se recomienda un grosor fino, pero sin que se rompa al manejarla.

Una vez estirada, se cortan cuadrados o rectángulos de unos 5-8 cm de lado, según el gusto. Para conseguir la forma clásica de pañuelo, se llevan dos vértices opuestos hacia el centro y se presionan bien, incluso metiendo un dedo por el agujero central para asegurar que la unión queda firme y no se abre durante la fritura. En otras zonas se hacen tiras que se retuercen o se cierran formando arcos, pero la idea es similar.

La fritura se hace en abundante aceite de oliva caliente, a temperatura media-alta pero sin que llegue a humear. Es preferible freír los pestiños en tandas pequeñas para que la temperatura del aceite no baje de golpe. Se doran por un lado, se les da la vuelta y se dejan hasta que adquieran un tono dorado intenso y la superficie se vea crujiente.

Al sacarlos, se colocan sobre papel de cocina para eliminar el exceso de aceite. Mientras aún están templados, se decide el acabado: o bien se emborrizan en una mezcla de azúcar y canela, o bien se bañan en miel licuada. En el primer caso, basta con rebozarlos generosamente hasta que queden bien cubiertos. En el segundo, se calienta miel con un poco de agua hasta que esté fluida y se pasan los pestiños por ella, dejándolos después escurrir en una rejilla o bandeja.

Recién hechos ya están exquisitos, pero conviene dejarlos reposar unos minutos para que la miel se asiente o el azúcar se adhiera bien. Guardados en un recipiente hermético, los pestiños caseros suelen aguantar en buen estado de 4 a 5 días; los bañados en miel, de hecho, suelen ganar sabor con el paso de las horas.

Variantes regionales y trucos “de la abuela”

Cada casa presume de tener la receta definitiva, pero todas comparten una serie de trucos y pequeños secretos que se repiten de generación en generación. Algunos tienen que ver con la textura, otros con el sabor y muchos con la manera de freírlos para que no queden aceitosos.

En Córdoba, como hemos visto, los pestiños suelen ser algo más grandes, muy bien estirados y con un rebozado abundante de azúcar y canela. En la zona de Jerez son más pequeños, casi de bocado, y lo habitual es servirlos bañados en miel, a menudo decorados con anises de colores. En otros puntos de Andalucía se combinan formas, tamaños y terminados, creando un auténtico mapa dulce de la región.

Para conseguir un resultado crujiente, se insiste en que la masa debe estirarse finita y reposar lo suficiente. También es clave que el aceite no esté ni demasiado frío (chupan grasa y quedan pesados) ni excesivamente caliente (se doran por fuera y se quedan crudos por dentro). Una fritura a temperatura media bien controlada es fundamental.

Otro truco muy repetido es apretar bien los pliegues cuando se unen las puntas de la masa. Si esa unión queda floja, el pestiño se abre en la sartén y pierde su forma característica. Hay quien incluso humedece ligeramente la zona de unión con un poco de vino o zumo de naranja para que actúe como “pegamento”.

Los pestiños se pueden preparar con algo de antelación sin problema. Puedes dejar la masa hecha, reposando tapada, y formar y freír más tarde, o bien hacerlos completos el día anterior. Guardados en un recipiente bien cerrado, se conservan crujientes varios días. Muchos hogares aprovechan esto para cocinar grandes cantidades de una sola vez y tener dulces para toda la Semana Santa o durante las fiestas navideñas.

Aunque no son un postre ligero, se suele estimar que cada pestiño ronda unas 120 kcal por unidad, con unos 2 g de proteínas, alrededor de 5 g de grasa (dependiendo de la fritura) y unos 16 g de hidratos de carbono, de los que cerca de 6 g serían azúcares en las versiones más dulces. No es algo para comer a diario, pero sí un capricho perfecto para compartir en las grandes ocasiones.

Los pestiños representan como pocos esa repostería tradicional de fiesta que mezcla raíces andalusíes, costumbres cristianas y recuerdos familiares alrededor de una mesa. Con una masa sencilla a base de harina, vino y aceite de oliva aromatizado, unas semillas de anís y ajonjolí, y un buen baño final de miel o de azúcar y canela, se consigue un dulce crujiente y aromático que sigue conquistando a quien lo prueba. Prepararlos en casa, dedicarles tiempo y disfrutarlos con un café o un chocolate caliente es una forma deliciosa de mantener viva una costumbre que ha pasado de abuelas a nietos y que, visto lo visto, aún tiene cuerda para muchos años más.

Las mejores calles de España para irse de tapas

calle de España para irse de tapas

Calle de España para irse de tapas

En España, la vida se hace en la calle y alrededor de una barra. Tomarse una caña, un vino o un vermut siempre viene acompañado de algo de picar, ya sea una tapa generosa que te sirven sin cobrarla aparte o un pintxo elaborado que casi parece alta cocina en miniatura. De norte a sur y de este a oeste, cada ciudad presume de su “zona de tapeo” y, en muchos casos, de una calle concreta que se ha convertido en lugar de peregrinación para los amantes del buen comer.

La tradición del tapeo se suele asociar al sur y al centro peninsular, pero hoy está totalmente extendida por todo el país. En algunos sitios, como Granada, León o muchos barrios de Madrid, la tapa llega gratis con la bebida; en otros, se paga aparte y puedes elegir entre una barra repleta de propuestas. Entre todas las rutas gastronómicas, hay calles que se han ganado fama de auténticas mecas del tapeo, hasta el punto de que muchos las describen como “un paraíso gastronómico” en apenas unos metros.

La calle del Laurel en Logroño: la reina de los pinchos

Zona de pinchos típica en España

Si hay una calle que se menciona siempre que se habla de dónde ir de tapas en España, esa es la calle Laurel de Logroño. En pleno corazón de la capital riojana, esta vía y sus alrededores concentran en muy pocos metros nada menos que unos 60 bares y restaurantes especializados en pinchos y raciones.

La Laurel forma parte de una pequeña red de calles de tapeo donde también entran vías como San Agustín, San Juan o San Nicolás, pero es la más famosa y la que todo el mundo tiene en mente cuando habla de salir de pinchos en La Rioja. No es casualidad que muchos la conozcan popularmente como “la senda de los elefantes”: si intentas hacer una parada en cada bar con su correspondiente tapa y vino, es fácil salir bastante alegre.

Entre sus propuestas más habituales encontrarás oreja a la plancha, champiñones a la brasa, patatas bravas muy cañeras, el mítico “cojonudo” (un pequeño pan relleno de picadillo de chorizo coronado con huevo de codorniz y pimiento rojo) o montaditos de anchoa y pimiento verde. Bares como La Casita, con sus brochetas de gambas y de calamares, La Taberna del Laurel con sus bravas, el Bar Soriano especializado en champiñones, Páganos con pinchos morunos o Jubera, también famoso por sus bravas, son solo algunos de los imprescindibles.

Esta calle ha convertido el tapeo en una especie de ritual social y gastronómico: se va saltando de bar en bar, probando “el pincho estrella” de cada uno y maridándolo, cómo no, con un buen Rioja. Para muchos expertos y amantes de la gastronomía, es la candidata perfecta a “mejor calle de España para irse de tapas”.

Andalucía: tapeo del casco histórico a la calle Navas

Calle andaluza de tapas

En Andalucía, el tapeo es casi una religión y, aunque cada provincia tiene su encanto, hay calles y barrios que destacan claramente. Granada, por ejemplo, se lleva la fama por ser uno de los lugares donde la tapa gratuita con la bebida sigue más viva.

En Granada capital, la calle Navas, en pleno barrio del Realejo, es uno de los epicentros. A pesar de ser una calle estrecha y algo escondida, se ha ganado el sobrenombre de “templo del tapeo” gracias a locales icónicos como Los Diamantes, La Chicotá, Fogón de Galicia o Entrebrasas, todos con barras repletas de pescado frito, raciones de carne a la brasa, marisco o tapas de cuchara. Muy cerca, la calle Elvira también es parada obligatoria, con bares como La Riviera, La Vinoteca, Bodegas Castañeda, A los buenos chicos, Restaurante Boabdil o Casa de todos.

En Almería, el casco histórico alberga dos calles fundamentales: Real y Jovellanos. En la calle Real, sitios como De Tal Palo combinan ambiente clásico con tapas variadas; en Jovellanos, Taberna Nuestra Tierra, El Jurelico, Jovellanos 16, La Plazuela o Casa Puga son nombres que se repiten entre los locales, con tapas que van desde el pescado y marisco hasta los guisos tradicionales.

Cádiz reparte su cultura del tapeo por diferentes zonas. La plaza de San Juan de Dios y las calles cercanas, como Sopranis, Plocia o Nueva, ofrecen un buen puñado de bares como Casa Angelita o Tapas Garum. El barrio de La Viña, junto al Mercado de Abastos, y áreas como la Plaza de la Mina y San Antonio (con locales como la Bodeguita El Adobo o El Recreo Chico) completan una oferta muy vinculada al producto del mar.

En Málaga, la calle Granada es una de las más recomendables para ir de pinchos. Allí sobresalen El Pimpi, Casa Lola, Tabanco Mitjana, D’Platos Málaga o Lolita Taberna Andaluza. A esto hay que sumar zonas como la popular calle Larios, la avenida Plutarco, Pedregalejo o la calle Calderería, todas con una gran concentración de bares y restaurantes.

Jaén concentra parte de su actividad gastronómica en la zona conocida como Las Tascas, en pleno centro histórico. Entre sus estrechas calles se esconde La Barra, en la calle Cerón, donde se sirven tapas que van desde hamburguesas a pescado. El barrio de San Ildefonso, junto a la catedral, también es fundamental, con bares como El Santuario, en la calle Cuatro Torres, o El Abuelo en la calle las Bernardas, famoso por sus recetas caseras y por una tapa muy popular llamada “recluta”. La zona universitaria completa el mapa del tapeo jienense.

En Sevilla, una de las vías más míticas para salir de tapas es la calle Feria, en el casco antiguo. Allí se puede disfrutar del salmorejo o las tortillitas de camarones de Cervecería Yerbabuena o de las propuestas de Condedê, donde se mezclan influencias brasileñas, italianas y francesas. Otras zonas potentes son la calle Pagés del Corro en Triana, la calle Mesón del Moro en el barrio de Santa Cruz y espacios como La Alameda, Bellavista o el Arenal.

Aragón: El Tubo en Zaragoza y el Paseo del Óvalo en Teruel

Calle de tapas con terrazas en España

En Aragón, la ciudad de Zaragoza presume de una de las zonas de tapas más conocidas del país: El Tubo. No se trata de una única calle, sino de un entramado de vías estrechas en pleno centro histórico que incluyen Blasón Aragonés, Libertad, Cinegio, Mártires, Ossau, Pino, Plaza Santiago Sas, Estébanes y Cuatro de Agosto. Entre todas, la calle Libertad suele considerarse la joya de la corona.

En Libertad y alrededores, los bares especializados en tapas y raciones se suceden: El Champi, El Méli del Tubo, Terraza Libertad 6.8, Doña Casta, 7 Golpes, Los Rotos o Pamparola, entre muchos otros. Champiñones a la plancha, huevos rotos, croquetas, cazuelitas tradicionales o bocados creativos conviven con vinos aragoneses y cañas bien tiradas.

En Teruel, la referencia principal para salir de pinchos es el Paseo del Óvalo. Allí se concentran locales como Bar Restaurante El Paseo, Bar Gregory (célebre por sus zamburiñas y chipirones), Gastrobar Tapas y Copas (donde destacan los huevos estrellados y las croquetas), Mesón El Óvalo, El Mirador y Bar Sabores. Es una calle ideal para encadenar varios locales y probar tanto clásicos de la cocina aragonesa como propuestas más modernas.

Cantabria: la plaza de Cañadío en Santander

En Santander, la plaza de Cañadío y sus calles adyacentes funcionan como auténtico punto de encuentro para el tapeo. Muy cerca del Paseo de Pereda, esta zona tiene vías como Hernán Cortés, Peña Herbosa, Daoiz y Velarde, Santa Lucía o Bonifaz, todas repletas de bares y restaurantes.

Locales como La Conveniente, Casa Ajero, Asubio Ahora, La Esquina del Arrabal, Casimira, Mesón Rampalay, Casa del Indiano o La Cátedra son habituales en cualquier lista de recomendaciones. Y si hay algo casi obligatorio es probar la famosa tortilla de patata del restaurante Cañadío, uno de los iconos gastronómicos de la ciudad.

Castilla-La Mancha: de San Francisco en Cuenca a Santa Fe en Toledo

En Cuenca, la calle San Francisco es una de las vías con más ambiente cuando se trata de tapear. Allí se concentran bares como La Ponderosa, Mesón Rodríguez o Mesón Jose, donde se pueden degustar tanto tapas tradicionales como raciones contundentes. También son muy frecuentadas la Plaza Mayor, la Plaza de España, el barrio del Castillo o la calle de los Tintes.

Toledo tiene su epicentro del tapeo en la calle Santa Fe, muy cerca de la Plaza de Zocodover, en pleno casco histórico. Allí sobresale la cervecería El Trébol, famosa por su “bomba”, una patata rellena de carne, cubierta de alioli y salsa de tomate. Otro local muy citado es Cuchara de Palo, donde la tapa estrella son las carcamusas toledanas, un guiso de carne con salsa que suele servirse en cazuelita.

Castilla y León: de la plaza de San Martín en León a Van Dyck en Salamanca

Castilla y León es una de las comunidades donde salir de tapas forma parte del día a día. León, Ávila, Salamanca, Valladolid o Zamora cuentan con calles y plazas que se han vuelto referencia para locales y visitantes.

En León destacan dos zonas: el Barrio Húmedo y el Barrio Romántico. El primero se extiende desde la calle Ancha, partiendo de Botines hacia la catedral, y el segundo se sitúa alrededor de la calle El Cid, muy cerca de la colegiata de San Isidoro. En el Barrio Húmedo, el tapeo es abundante y, en muchos casos, la tapa se sirve gratis con la bebida. Bares como Ezequiel, Casa Blas, La Bicha, La Competencia, El Flechazo, El Rebote, El Tizón, Jabugo o El Rincón del Gaucho son paradas habituales.

En el Barrio Romántico, las opciones tampoco se quedan cortas: La Tizona, La Monalisa, El Patio, Las Tapas, Camarote Madrid, Correo, Clandestino Gastrobar, Cervantes 10 Vermutería o La Ribera completan una oferta centrada en embutidos, croquetas, guisos y cocina leonesa reinterpretada.

La plaza de San Martín, en pleno Barrio Húmedo, es uno de los puntos más animados. Antiguamente era conocida como plaza de las tiendas por la cantidad de comercios que albergaba, pero hoy predominan los bares en los que la bebida se acompaña de una tapa característica sin coste adicional. Morcilla leonesa, cecina, chorizo, croquetas o patatas alioli son algunos de los bocados más repetidos.

Ávila tiene en la calle San Segundo, junto a la puerta de la muralla próxima a la catedral, una de sus zonas clave. Allí encontramos locales como Bodeguita de San Segundo (reconocida en la Guía Repsol), Taberna de Los Verdugo, Casa de Postas o Sofraga Palacio. Cerca de la catedral aparecen también Las Cancelas, Siglodoce o Mesón Gredos. Otra zona a considerar es la Plaza del Mercado Chico, con sitios como Soul Kitchen o Casa Guillermo.

Salamanca cuenta con dos polos fundamentales: la calle Van Dyck y la Plaza Mayor con sus alrededores. Van Dyck es famosa por sus precios ajustados y la cantidad de bares uno junto a otro: Café de Chinitas, La Fresa, Bar El Minutejo, Mesón Los Faroles, Bar El Churrasco, Bar Rufo’s o 42 Grand Central forman parte del repertorio. En la Plaza Mayor y calles cercanas, más orientadas al turismo pero igualmente interesantes para tapear, aparecen Café-Bar Rúa, Mesón de Gonzalo, Patio Chico, Montero, Casa Paca, Cervantes, Café Real, Cuzco Bodega o Casa Vallejo.

Valladolid sitúa su mejor zona de tapas en pleno centro, especialmente en la calle Correos. Allí es casi obligatorio entrar en El Corcho, famoso por sus croquetas, en Bar Zamora con sus patatas bravas, en El Cortijo y La Cartuja con sus tablas de embutido, en El Jero con sus canapés variados o en Restaurante Herbe, que ofrece una gran selección de tapas.

Zamora reparte su tapeo por la Plaza Mayor, la calle Alfonso de Castro y la calle de los Herreros, aunque hay un área especialmente famosa conocida como la zona de “los lobos”, llamada así por la vinculación de varios locales a la familia Lobo. Allí se popularizaron los pinchos morunos que han hecho famosa a la ciudad. Bares como El Lobo o el Rey de los Pinchos (en Horno de San Torcuato) destacan por su ritual de servir “dos que sí y uno que no”, es decir, dos pinchos picantes y uno suave.

Dentro de Castilla y León, también sobresale otra zona muy popular: la Plaza Mayor de Salamanca y calles como Prior, Consuelo, Concejo o la Plaza del Peso, donde abundan las tabernas que sirven tapa gratuita con la bebida o en formato de combo económico. Hornazo (pan relleno de embutido), morcillas y chorizos, pinchos morunos, cazuelitas de callos, morro rebozado, chanfaina de cordero o las “palomas” (ensaladilla sobre una base crujiente de trigo) forman parte de la oferta típica.

Cataluña: paseo de Sant Joan y calle Blai en Barcelona

En Barcelona, el passeig de Sant Joan se ha consolidado como una de las zonas emergentes para tapear. A lo largo de este bulevar arbolado se han instalado numerosos locales que combinan cocina tradicional, propuestas creativas y gastronomía internacional. Entre ellos destacan Viti Taberna, La Foga, Kook o Dibuono, donde se pueden probar desde tapas clásicas a platos de influencia italiana o de autor.

Otra calle importante es Blai, muy cerca de la mítica Sala Apolo, que se ha convertido en referencia absoluta de los pinchos en la ciudad. Bares como La esquinita de Blai o Blai Tonight ofrecen barras llenas de montaditos a precios muy ajustados, ideales para ir picando de aquí y de allá mientras se pasea por la calle.

Comunidad de Madrid: Argumosa y Ponzano

En Madrid, la cultura de la tapa está tan extendida que prácticamente cada barrio tiene su propia calle emblemática. Dentro de las más destacadas aparece la calle Argumosa, en el barrio de Lavapiés, conocida como el “bulevar de Lavapiés”. Sus terrazas se llenan en cuanto sale el sol y los bares mezclan cocina tradicional con propuestas del mundo entero.

En Argumosa, establecimientos como el Bar Automático (en el número 17), El Económico (número 9) o La Buga del Lobo (número 11) son clásicos para tomar unas cañas acompañadas de tapas y raciones. Además, la revista especializada Tapas señala otra vía clave en la capital: la calle Ponzano, en el distrito de Chamberí, donde se ha creado toda una “religión” alrededor del tardeo y el picoteo. En ella se concentran bares, tabernas modernas y restaurantes de nivel con tapas que van desde la croqueta clásica hasta propuestas muy vanguardistas.

Comunidad Valenciana: de la calle San Francisco a Benimaclet y Ruzafa

En Alicante, la calle San Francisco, popularmente conocida como la “calle de las Setas” por su decoración, se ha convertido en eje gastronómico del centro. Tiene dos tramos bien diferenciados. El que va desde la calle Castaños hasta la Plaza Portal de Elche agrupa unos 13 bares y restaurantes como El Llagostí, La Barrita, Sagasta 11 o Chipén, con predominio de cocina mediterránea. A ellos se suman italianos como Da Ciro y Bellaterra, mexicanos como No mames wey y Taco Taco, o el indio Tandoori.

El tramo que discurre desde Castaños hasta la plaza de Calvo Sotelo suma alrededor de una decena de locales, con sitios como Vino y más, Chico Calla o El Xé que bo, donde se puede seguir una ruta de vinos y tapas muy variada.

Valencia capital reparte sus zonas de tapeo entre varios barrios con mucho ambiente. Benimaclet, de aire universitario, celebra incluso un Festival de la Tapa y concentra lugares como Carrer d’Albocàsser, Plaza Río Duero, Carrer del Baró de San Petrillo, Reverendo Rafael Tramoyere o Doctor Vicent Zaragoza. Bares como El Carabasser, Bar La Negri, Luzvi, El Aprendiz de Tapas o Pata Negra Restoránt ofrecen desde tapas clásicas hasta reinterpretaciones modernas.

El barrio de El Cedro también destaca por sus bares que sirven tapas gratuitas con la consumición, algo que siempre se agradece cuando se sale en grupo. Y Ruzafa, uno de los barrios más de moda de la ciudad, concentra una gran oferta de restaurantes y tabernas, con sitios como Maui Russafa, La Consentida o la Taberna El Rojo donde se mezclan cocina creativa, tapas tradicionales y buen ambiente nocturno.

Galicia: Barrera en A Coruña, Rúa do Franco en Santiago y Pescadería en Vigo

En Galicia, la tapa se asocia inevitablemente a productos del mar de primerísima calidad, aunque la carne y los guisos tampoco se quedan atrás. A Coruña, Santiago y Vigo tienen calles de referencia para disfrutar de esta gastronomía.

En A Coruña, la calle Barrera, en el barrio de la Pescadería, es uno de los ejes principales del tapeo. Comienza en la calle Bailén y termina en la Estrecha de San Andrés, y en ella destacan locales como Cocodrilo, uno de los bares míticos donde su filete con patatas es casi un rito, u O Tarabelo, donde se pueden degustar mejillones, minchas (berberechos pequeños), pimientos de Padrón o empanada de parrochiñas, entre otras especialidades.

Santiago de Compostela tiene como vía estrella la Rúa do Franco, que desemboca en plazas tan emblemáticas como la del Obradoiro o la de Platerías. A lo largo de esta calle se alinean bares y restaurantes donde probar vinos gallegos y raciones de pulpo, carne y marisco. Entre los locales más conocidos están El Papatorio o A Taberna do Bispo, aunque en estos casos las tapas se pagan.

Si buscas un ambiente algo más relajado, una buena idea es desplazarse a Rúa Nova, paralela a Rúa do Franco, donde también abundan los bares. Allí sobresale el Bar La Tita, famoso por su tortilla de patata, que es casi una institución en la ciudad.

En Vigo, el centro histórico y, en concreto, la calle Pescadería, conocida como “calle de las Ostras”, se ha convertido en un auténtico escaparate del marisco de la ría. Bares como La Marina (Pescadería 5) o Casa Vella (Pescadería 1) son referencias. A esto hay que sumar zonas como la Plaza del Rey, el Monte de O Castro o la Plaza de Compostela, con locales muy bien valorados como Lume de Carozo, Juanita Gastrobar, La Colegiala del Fai, La Taberna de Tony, Tapería Stefany, Tapería Achégate o Bar Komercio.

País Vasco y Navarra: del pintxo donostiarra a las barras de Bilbao, Vitoria y Pamplona

El País Vasco es sinónimo de pintxos de alta cocina en pequeño formato. La cultura de ir de bar en bar probando una especialidad en cada uno forma parte del día a día en ciudades como San Sebastián, Bilbao o Vitoria.

En Bilbao, la calle Santa María, en el casco viejo, es uno de los puntos más recomendados. Bares como Irrintzi, Txiriboga, Santa María o Con B de Bilbao sirven pintxos como el Bilbainito, tortilla en diferentes versiones, gildas, bacalao al pil pil, croquetas o rabas. No es la única zona: la calle Diputación, que cruza la Gran Vía, tiene locales tan conocidos como El Globo, famoso por su pintxo cremoso de tortilla trufada; y la calle García Rivero, cerca de la plaza Indautxu, también se llena de gente a la hora del poteo.

San Sebastián es probablemente la ciudad que más se asocia al pintxo. Calles del casco viejo como Fermín Calbetón, Pescadería o San Jerónimo están llenas de bares con barras espectaculares. Entre ellos, Goiz-Argi, Sport o Borda Berri en Fermín Calbetón; Txepetxa, bar Nestor o El Zeruko en la calle Pescadería; o Martínez, A Fuego Negro, Txuleta, La Cuchara de San Telmo o La Viña en la calle 31 de Agosto. En esta última, especialmente destacada, se pueden probar gildas, txangurro, champiñones a la plancha, pintxos con queso Idiazábal y un sinfín de combinaciones creativas.

Vitoria concentra gran parte de su tapeo en las calles Cuchillería, El Prado o San Francisco, entre otras. En esta última se encuentra la famosa Gilda del Toloño, donde la leyenda dice que sirven la mejor gilda de la ciudad, mezcla perfecta de anchoa, guindilla y aceituna.

Navarra también se suma a la fiesta con la calle San Nicolás en Pamplona, una vía llena de bares de pintxos y tapas. Entre los más mencionados están El Marrano y Casa Otano, donde conviven recetas tradicionales navarras con propuestas más actuales, ideales para acompañar con buenos vinos de la zona.

Principado de Asturias: la calle Gascona en Oviedo

En Oviedo, la calle Gascona es conocida como el “Boulevard de la sidra” y es la referencia absoluta si quieres probar la gastronomía asturiana a base de tapas y raciones. Situada muy cerca de la catedral, reúne una sucesión de sidrerías en las que el escanciado de sidra y el picoteo nunca paran.

Entre los locales recomendados se encuentran La Cabaña, El Ferroviario, La Manzana, La Finca, Tierra Astur El Vasco, Tierra Astur Gascona, La Noceda, Las Güelas, La Pumarada, La Viliella o Tierra Astur Parrilla. En ellos reinan platos como la fabada, los chorizos a la sidra, el cachopo, los quesos asturianos y todo tipo de tapas ligadas al recetario local.

Región de Murcia: la Plaza de las Flores en la capital

En Murcia ciudad, el tapeo está tan distribuido que prácticamente todo el centro funciona como zona gastro. Aun así, hay un lugar que se lleva la fama: la conocida Plaza de las Flores. Este espacio y sus alrededores concentran algunos de los bares más queridos por los murcianos.

Entre ellos, el Gran Bar Rhin, considerado casi un lugar de culto a la marinera (pan con ensaladilla y anchoa), el Gran Bar, famoso por sus albóndigas en salsa con patatas fritas, o el bar La Tapa, donde son típicas la quisquilla, la gamba, el langostino del Mar Menor, el berberecho, la navaja, el caballito y el calamar a la plancha o rebozado. Es una zona perfecta para, simplemente, ir enlazando cañas, vinos y pequeños bocados de mar.

Extremadura: la calle Pizarro en Cáceres

En Cáceres, el espectacular casco histórico también tiene su propia área de tapeo: la calle Pizarro. Esta vía, recomendada en listados nacionales de rutas de tapas, reúne bares y restaurantes donde predominan los productos extremeños, desde jamones y embutidos de bellota hasta quesos y guisos tradicionales, sin olvidar las tapas más modernas que han ido apareciendo en los últimos años.

La Rioja, Navarra, Cantabria y otras rutas imprescindibles según la prensa especializada

Además del detalle por ciudades y comunidades, algunos informes gastronómicos han querido sintetizar cuáles son las mejores calles de España para tapear en cada territorio. Entre ellas, destacan de nuevo la calle del Laurel en Logroño (La Rioja), la calle Navas en Granada (Andalucía), la plaza de San Martín en León (Castilla y León), la calle Barrera en A Coruña (Galicia), la calle Ponzano en Madrid, el passeig de Sant Joan en Barcelona (Cataluña), la calle Sueca en Ruzafa (Valencia), la calle Pizarro en Cáceres (Extremadura), la zona de las Tascas en Murcia, la calle San Nicolás en Pamplona (Navarra), la plaza de Cañadío en Santander (Cantabria), la calle Gascona en Oviedo (Asturias) o la calle Santa Fe en Toledo (Castilla-La Mancha).

Los datos de densidad de bares en España confirman lo que cualquiera percibe al pasear por estas calles: este es uno de los países con mayor número de bares por habitante del mundo, con un establecimiento por cada poco más de 150 personas. La cultura de barra, caña y tapa está tan integrada en la vida cotidiana como el hablar alto o disfrutar de la calle cuando hace buen tiempo.

Vistas todas estas rutas, queda claro que elegir una única calle como “la mejor de España para irse de tapas” es casi misión imposible: desde la Laurel logroñesa hasta las barras donostiarras, pasando por la Navas granadina, la Barrera coruñesa, la calle Ponzano madrileña o la Gascona ovetense, el país entero es una invitación a recorrerlo bar a bar, de tapa en tapa y de conversación en conversación.

Dónde comer en Salamanca: restaurantes, tapas y cocina tradicional

restaurantes en Salamanca

restaurantes en Salamanca

Quien haya pisado alguna vez Salamanca sabe que no solo es una ciudad de piedra dorada y universidades centenarias: es también un auténtico paraíso para comer bien, tapear y alargar la sobremesa. Pasear por la Plaza Mayor y sus alrededores es entrar en una especie de parque temático gastronómico donde es casi imposible no picar algo en cada esquina.

Además de su patrimonio y su ambiente universitario, la capital del Tormes presume de una oferta de bares, tabernas y restaurantes que rivaliza con cualquier ciudad de Castilla y León. Hay de todo: templos de la cocina tradicional charra, gastrobares creativos, casas de comidas míticas y locales donde las tapas viajan del recetario castellano a sabores de medio mundo. Si estás pensando en una escapada, ve haciendo hueco, porque aquí se viene a comer.

Tapear en Salamanca: barras míticas y gastrobares de moda

bares de tapas en Salamanca

Las calles del centro, especialmente la Plaza Mayor y su entorno, son un imán para quienes disfrutan yendo de bar en bar probando tapas, pinchos y raciones a precios razonables. Es fácil empezar con una caña y acabar encadenando platos: bravas, tortillas, embutidos a la brasa, ensaladillas, bocados de autor…

Una de las barras más conocidas es la de Bambú Tapas y Brasas, heredera del mítico Bambú de toda la vida. Tras décadas como referencia, dieron un giro al concepto: cambiaron de local, renovaron imagen y el chef José Manuel Pascua apostó por una propuesta centrada en tapas y carnes a la brasa de encina, con un toque gamberro y callejero. La idea es mantener las referencias clásicas (croquetas, embutidos, guisos de siempre) pero actualizadas en presentación y técnica. El ambiente es animado, muy de gente local y universitarios, perfecto para cenar a base de raciones y compartir.

Otra parada imprescindible es Tapas 3.0, la evolución del exitoso Tapas 2.0. Aquí han ido un paso más allá en la tapa castellana: reinterpretan los bocados tradicionales en formatos creativos, con guiños de fusión y presentaciones cuidadas. Las croquetas de la abuela Manuela, las bravas bien picantes o la ensaladilla de ventresca son casi religión, pero también brillan platos como los callos y morros guisados, las albóndigas de curry rojo con kikos o los buñuelos de merluza con salsa americana. Todo se hace al momento, con buena materia prima y mucha chispa en cocina.

El propio Jorge Lozano, alma de este proyecto, se ha ganado fama de rey de la tapa salmantina sin pasar por escuelas de hostelería ni obsesionarse con estrellas Michelin. Su cocina es directa, sabrosa y sin florituras innecesarias, de esas que gustan tanto al público joven como a los que buscan una barra honesta y divertida.

Si hablamos de barras con personalidad, hay que citar la veterana La Viga, abierta desde 1945 y conocida como el auténtico «santuario de la jeta» en Salamanca. Junto a la plaza de San Justo, su carta es un festival de casquería y platos castizos: jeta asada crujiente, callos, riñones, morro y sesos rebozados, además de patatas meneás, rabas, calamares, caracoles o ensaladilla rusa. Cerró por jubilación en 2018, pero reabrió en 2019 manteniendo al milímetro sus recetas de siempre, para alegría de los fieles.

La jeta es, de hecho, uno de los bocados más típicos de la ciudad. Además de en La Viga, muchos recomiendan probarla en Casa Jero, donde la sirven incluso como tapa con la consumición. Es ese tipo de bar de toda la vida en el que sales comido casi sin darte cuenta a base de rondas y tapas generosas.

En el capítulo de tapeo clásico con tapa incluida con la bebida, la Cafetería Bambú (el local de siempre, muy popular entre los salmantinos) es una institución. Con cada consumición pueden caer tapas tan contundentes como tortillas variadas, paella, embutido a la brasa preparado al momento, lasaña o embutidos a la plancha. Con dos o tres rondas, mucha gente prácticamente cena. Un plan perfecto para grupos grandes o visitas rápidas.

Si te apetece algo un poco más moderno sin perder la esencia de bar, en Cuzco Bodega encontrarás una mezcla interesante de cocina tradicional y toques contemporáneos. Platos como el queso con cebolla caramelizada se han hecho célebres entre quienes buscan algo diferente sin gastar una fortuna, y muchos repiten visita en cada escapada a Salamanca.

Otro local a tener en el radar es iPan iVino, un concepto de vinos y tapas en el que se cuida bastante la selección de referencias. Aunque algunas experiencias de clientes hablan de esperas largas en momentos de mucha demanda, hay preparaciones que compensan la paciencia, como las mollejas con salsa de soja, muy elogiadas por su punto y sabor.

Clásicos de la Plaza Mayor y su entorno

gastronomía típica de Salamanca

La Plaza Mayor de Salamanca es uno de los grandes escenarios gastronómicos de la ciudad. Bajo sus soportales y en las calles que salen de ella se concentran muchos de los restaurantes más conocidos, desde casas tradicionales hasta barras de diseño. Comer aquí no es solo una cuestión de paladar: las vistas ponen el resto.

Uno de los grandes referentes es El Mesón de Gonzalo, abierto desde 1947 muy cerca de la Plaza. El local se ha ido modernizando sin perder su esencia taurina y familiar, y hoy combina restaurante formal con una zona de barra más canalla. Se ha llegado a considerar uno de los mejores restaurantes de Castilla y León, gracias al trabajo de Gonzalo Sendín, que ha actualizado la propuesta sin renunciar a los platos de siempre.

En su carta mandan el producto y la tradición: cerdo ibérico, piezas de vacuno seleccionadas, buenos pescados como el cogote de merluza o el atún, y guisos tan rotundos como las manitas o los callos. Las croquetas y las torrijas son campeonas de concursos, y la bodega sobresale por su selección y sus burbujas. Es uno de esos sitios donde los salmantinos suelen celebrar ocasiones especiales, aunque también se puede picar en barra o en Las Tapas de Gonzalo, su apuesta más informal directamente en la Plaza Mayor.

Precisamente, Las Tapas de Gonzalo presume de una gran terraza con algunas de las mejores vistas de la Plaza y un comedor en primera planta que también mira al monumento. Aquí mandan las raciones para compartir: mini hamburguesa de morucha, croquetas, callos, pulpo braseado o manitas de cerdo, siempre acompañados de un buen pan candeal de Arapiles y una bodega más que decente.

En plena Plaza Mayor se encuentra también el histórico Mesón Cervantes, abierto desde 1961 y con tres ambientes: mesón, barra y una amplia terraza con visión directa de la plaza. Su carta se centra en la cocina típica salmantina y de la dehesa: buenos embutidos, croquetas de jamón y boletus, sepia a la plancha con salsas caseras, pulpo a la parrilla con puré de patata gallega o chuletones de ternera morucha. No busca sofisticaciones extremas, sino platos honestos, bien hechos, que funcionan a cualquier hora.

Si te apetece un clásico asador castellano en pleno centro, Don Mauro, también en la Plaza Mayor, es un valor seguro. Con un comedor elegante de piedra de Villamayor, artesonados de madera y aire sobrio, su especialidad son las carnes asadas lentamente en horno de leña: lechazo, cabrito y tostón en buenas raciones, acompañadas de patatas panadera y ensalada. Los pescados se trabajan de forma sencilla, respetando el producto, y los postres se lucen con frutas de temporada, flores comestibles y helados caseros muy vistosos.

Muy cerca, el Café Novelty merece una mención especial. Es la cafetería más antigua de la ciudad (1905), mítico punto de reunión de escritores, artistas y políticos. Hoy muchos entran a por sus helados y salen a pasear por la Plaza con el cucurucho en la mano, o se sientan en los bancos a disfrutar del ambiente. No es tanto un restaurante como un lugar con historia que forma parte del ritual de cualquier visita.

Alta cocina, estrellas Michelin y restaurantes de autor

Más allá del tapeo, Salamanca se ha consolidado en los últimos años como un referente de alta cocina y propuestas de autor que apuestan por el producto local y la creatividad. Varios de sus restaurantes lucen distinciones Michelin y Soles Repsol, y sus chefs son habituales en los circuitos gastronómicos nacionales.

Uno de los nombres propios es Rocío Parra, al mando del restaurante En la Parra, un coqueto local de pocas mesas en pleno casco histórico, frente a la iglesia de San Esteban. Formada con Paco Roncero, propone dos menús degustación de muchos pases que giran en torno al producto de temporada y al cerdo ibérico, auténtico eje de su cocina. Platos elegantes, elaboraciones complejas y presentaciones muy cuidadas hacen que su estrella Michelin esté más que justificada. Su pareja, el sumiller Alberto Rodríguez, se encarga de una bodega afinada al detalle.

Otro punto clave en la escena contemporánea es ConSentido, en la Plaza del Mercado, el proyecto personal del cocinero salmantino Carlos Hernández. Después de pasar por casas como Elkano, Cataria, DiverXo o el Celler de Can Roca, ha diseñado una propuesta muy centrada en el producto de cercanía y en los productores locales. Las carnes ibéricas son protagonistas absolutas, con croquetas de calderillo, buñuelos de jamón de bellota, guisos de crestas de gallo, picañas charras y chuletas de vaca de Bodega El Capricho. La filosofía es clara: respeto por el entorno, por el recetario castellano y por la temporalidad.

En la misma línea de cocina moderna con raíces, El Alquimista se ha consolidado como uno de los pioneros de las gastrotapas en Salamanca. Galardonado con el distintivo Bib Gourmand de Michelin, este gastrobar-restaurante trabaja producto local de kilómetro cero para crear pinchos y platos que combinan tradición, técnica actual y guiños internacionales. Así conviven en su carta un tartar de salmón marinado con cítricos, huevo poché y vino tinto, un hummus de garbanzos pedrosillanos o gyozas caseras de codorniz escabechada. Entre los principales, lucen el solomillo de ternera charra, el lomo de lechazo con praliné de piñones o unos chipirones con cebolletas y salsa de su tinta, rematando con postres como el cremoso de queso de Hinojosa con miel y nueces.

En clave más sofisticada aún, el restaurante Víctor Gutiérrez une cocina peruana de autor con productos salmantinos y castellanos. Con una estrella Michelin y dos Soles Repsol, su propuesta fusiona ceviches, técnicas andinas y guiños a la caza o al cerdo ibérico. Trabaja con producto de temporada y preferencia por el kilómetro cero, ofreciendo varios menús degustación (de diferentes precios y número de pases) y una carta con fuerte protagonismo del mar y la caza. Incluso ha creado una línea llamada Sudaka para servicio a domicilio con platos como ceviche de pesca del día o pollito asado con adobos peruanos.

Dentro del lujoso Grand Hotel Don Gregorio, el proyecto Ment by Óscar Calleja aporta un punto exótico a la escena local. El cocinero, que llegó de tierras cántabras, mezcla sabores salmantinos con influencias mexicanas y del Cantábrico en un menú degustación estructurado en varios pasos. La palabra «ment» procede del maya y significa elaborar, formar y crear, una declaración de intenciones que se refleja en platos como el carpaccio de presa ibérica, las croquetas de carabinero, el tataki de atún rojo o el tournedó Rossini con salsa española.

También destaca el trabajo de Restaurante Rivas, en Vega de Tirados, a pocos minutos en coche de la ciudad. Con dos Soles Repsol, representa una cocina de raíz puesta al día con producto de cercanía y técnicas actuales. Juan Manuel Rivas y Rosa Cuadrado llevan años apostando por caminos poco transitados (foie cuando nadie lo usaba, guiños a la cocina francesa, un servicio muy cuidado) hasta convertirse en una institución. Sus guisos, legumbres y platos como las colitas de cigala en tempura, el morro de ternera encebollado, el rodaballo al horno o la chuleta premium de vaca son muy celebrados.

Cocina tradicional charra: asadores, casas de comidas y producto local

Si lo que buscas es cocina castellana contundente, recetas de toda la vida y raciones generosas, Salamanca y su entorno están llenos de casas de comidas y restaurantes tradicionales donde el tiempo parece haberse parado (en el mejor de los sentidos).

Entre los más apreciados por la clientela local está Casa Paca, en la plaza del Peso. Aunque solo tiene unas dos décadas de vida, su decoración de madera envejecida, vigas, botellas por todas partes y un laberinto de salones da la sensación de estar en un mesón de siglos. En barra se sirven tapas creativas, pinchos y raciones, mientras que en los comedores triunfan los guisos, potajes, carnes y pescados a la brasa, mariscos y platos de temporada. Su bodega es una de las más potentes de Castilla y León, con centenares de referencias.

Muy cerca, el veterano Restaurante Río de la Plata es todo un símbolo de la cocina clásica salmantina. Inaugurado en 1958 y aún capitaneado por Pauli, una cocinera de casi 80 años que sigue al pie del fogón, mantiene el recetario heredado de su madre Josefa Lorenzo. Consomés, embutidos de bellota, verduras (como su famosa panaché), platos de huevos entre los que destaca el revuelto de sesos, pescados del Cantábrico hechos a la plancha o en cazuela, Ternera de Ávila y asados tradicionales de tostón, cordero o cabrito marcan la línea. Los postres son tan sencillos como irresistibles: arroz con leche, flan, natillas o manzanas asadas con piñones. En temporada, las tencas (fritas con jamón o en escabeche) son un must.

Otro «clásico entre clásicos» es el Restaurante Pucela, abierto desde 1960. Con un comedor amplio y muy cuidado, su cocina juega con productos de siempre repasados con técnicas y presentaciones actuales. Embutidos, carnes, pescados y mariscos conviven con postres caseros como la sopa de arroz con leche y helado de caramelo. Suele trabajar con productos de temporada y en ocasiones propone campañas concretas, por ejemplo dedicadas al atún rojo, que preparan de múltiples formas: confitado con aceite picante, marcado a la plancha con verduritas, encebollado, en tartar, ventresca con pimientos verdes, morrillo al estilo Barbate, en escabeche o guisado con patatas.

En pleno centro también sobresale Restaurante Mencía, especializado en bacalao preparado de una veintena de maneras distintas. Lo trabajan tanto al estilo tradicional (ajoarriero, a bras) como con recetas más creativas (gratinado con manzana o naranja, con crema de cebolla y queso…). María José, copropietaria y jefa de cocina, combina una base muy clásica con toques contemporáneos como el uso de plancton o algas, siempre con producto de calidad y de temporada.

Fuera del casco viejo pero a un cuarto de hora en coche, el Restaurante Casa Pacheco en Vecinos se ha convertido en destino gastronómico por derecho propio. Fundado en 1916, hoy lo lideran mayoritariamente mujeres: Cristina Martín y Sara Cámara en cocina, y Silvia Gaspar al frente de la bodega, con el propietario José Antonio Benito en sala. Ofrecen platos tradicionales con leves giros modernos, centrados en el producto y el sabor reconocible. Destacan el guiso de lentejas pardinas de la Armuña con papada ibérica, el lomo de ciervo madurado y asado, las croquetas o una ensaladilla rusa con bogavante, atún y jamón ibérico.

También con fuerte carácter tradicional está La Aldaba, alojada en una casa catalogada de 1890 que antaño albergaba cuadras y ganado. Rosa y Santiago vieron el potencial del espacio y lo convirtieron en restaurante tras una larga travesía, incluso cambiando temporalmente de local hasta poder volver al original. Su gran especialidad es la carne de vaca morucha, emblema de la zona, que trabajan en casi todos los cortes y preparaciones: brochetas en barra, chuletón, entrecot, solomillo estofado, carpaccio e incluso una espectacular milhoja de solomillo con foie, boletus y salsa entre capas.

Si prefieres una cocina tradicional pero abierta a pequeños guiños contemporáneos y con precios contenidos, La Hoja 21 es uno de los restaurantes más concurridos. Su menú semanal es tan competitivo que resulta casi imposible conseguir mesa sin reserva. Ofrecen platos como garbanzos con hongos, merluza al cava o morros de ternera, además de servicio a la carta y una bodega extensa. Es el típico sitio al que acuden quienes quieren comer bien, con producto digno y sin sustos en la cuenta.

Vino, tapeo y cocina viajera en la ciudad

La afición salmantina por el buen vino ha propiciado la aparición de vinotecas, wine bars y gastrobares en los que tan importante es la copa como el bocado que la acompaña. Ideal para quienes disfrutan probando cosas nuevas sin sentarse a un menú largo y cerrado.

En esa línea, Vinodiario lleva desde 2003 ofreciendo una amplia selección de vinos por copa y botella, procedentes de distintas zonas y estilos de elaboración. Para acompañar, su cocina prepara tostas, tablas de embutidos ibéricos y ensaladas, pero también platos más elaborados como bacalao a la plancha, garbanzos de la Armuña con frutos secos y trufa, papas arrugadas con mojo verde, arroz Jasmine con curry thai de gambas o boletus salteados en temporada. Es un lugar perfecto para descubrir referencias nuevas y picar variado.

Otro nombre a destacar es WineLovers, vinos, tapas y +, el primer wine bar como tal en la ciudad. En su pizarra anuncian más de una veintena de vinos por copas que cambian a menudo, además de un centenar de referencias por botella. Su filosofía es clara: siempre tener un vino desconocido para el cliente habitual, algo que sorprenda y anime a explorar. La oferta sólida acompaña el nivel: más de 25 tapas elaboradas al momento, con propuestas como tartar de salmón con mango y aguacate, carpaccio de vaca vieja, baos de panceta ibérica, rollitos de oreja de cerdo con guiños coreanos o saquitos de carrillera al curry. Dejar hueco para los crepes de chocolate y avellana es casi obligatorio.

Si te gusta que la carta viaje de Francia a Italia con escalas en Asia, Zazu Bistro puede ser tu sitio. Este restaurante del centro se inspira en la cocina francesa e italiana, con platos ligeros y algún matiz oriental. Ensaladas originales, risottos, pastas, quesos franceses y carnes como el solomillo de ternera charra o el carpaccio de buey convivirán en la misma comida con un salmón marinado en teriyaki con sésamo y verduritas glaseadas. Ideal para cambiar de registro sin renunciar al producto local.

Algo parecido sucede en Oroviejo, junto a la Casa de las Conchas, un local de piedra y techos abovedados que mezcla cocina viajera, producto de cercanía y una atención muy personal. Al frente, el chef Héctor Carabias, formado con Luis Irizar, trabaja recetas que miran a Corea, Perú o el Mediterráneo sin olvidar la raíz charra. La ración de jeta es casi obligatoria, al igual que los platos «verdes» (ensaladas de hierbas y hojas de su propio huerto, tartar de bonito con salmorejo de remolacha) y propuestas como las cocochas de merluza a la brasa con pilpil de codium, el pulpo con crema de pimientos y piparras o la chuleta de vaca madurada más de 60 días.

Si se busca algo más informal y aún más centrado en la tapa, la Tapería Jaleo, a un paso de la Plaza Mayor, apuesta por productos frescos de temporada, embutidos de bellota y una carta de tapas y raciones preparadas al momento con algunos toques fusión. El huevo poché con puré de patata, trigueros y jamón, la tortilla de patata con trufa hecha al momento, el pad thai de verduras y gambas, la hamburguesa de vaca o la trucha asalmonada con parmentier de vichyssoise y puerro encurtido son algunos de sus platos más celebrados. El local tiene una decoración cuidada, con un punto divertido y minimalista que acompaña el ambiente.

Sitios top para un antojo concreto: bravas, dulces, helados y copas

Además de grandes comidas y cenas, Salamanca está llena de pequeños templos donde ir a tiro hecho a por un antojo muy concreto: unas bravas legendarias, un croissant de otro mundo, un helado artesano o un mojito perfecto.

En el capítulo de patatas bravas, la ciudad presume de varias candidatas a mejores de España. Las Tapas de Gonzalo sirven unas bravas muy comentadas, presentadas en formato de espuma en lugar de salsa clásica, que a algunos enamoran y a otros les parecen quizá demasiado «modernas», pero que sin duda están muy ricas. Al otro lado del espectro, Tapas 2.0 prepara unas bravas más tradicionales: patata crujiente por fuera, tierna por dentro, con una salsa con buen toque de picante que hace muchos adeptos.

Si lo tuyo es el dulce, la Croissantería París está en todas las listas de recomendaciones. Sus croasanes rellenos han sido considerados por muchos como de lo mejorcito que han probado nunca, tanto en versiones dulces (chocolate blanco y negro, por ejemplo) como saladas (imprescindible el de bacon, queso y tomate). Perfectos para desayunar fuerte o rematar una tarde de paseo.

En la parte más golosa también aparece La Malhablada, cuyo verdadero atractivo está en su terraza con vistas privilegiadas a la Clerecía. Allí solo sirven porciones de tarta con café o cerveza; quizá no sean los mejores pasteles del mundo, pero el entorno compensa con creces. La tarta de zanahoria es una elección segura mientras disfrutas del paisaje urbano.

Para amantes de los chocolates y los batidos, el Café Bar Mandala es parada obligatoria. Este local presume de tener alrededor de 20 tipos de chocolate caliente y una cincuentena de batidos diferentes, mezclando chocolates negros, con leche, blancos, sabores frutales y combinaciones con helados. Pedirse, por ejemplo, un batido de helado de chocolate blanco con fresas naturales es casi un rito entre los fans del sitio.

Si te apetece un helado con historia, ya hemos mencionado el Café Novelty, pero también hay propuestas más «espectáculo» como Ice Wave. Aunque sus helados quizá no sean los mejores de la ciudad, merece la pena ver cómo los elaboran sobre una plancha helada: trituran los ingredientes con yogur, los extienden, dejan que se congelen y luego forman los famosos «rollitos» con una espátula. Ideal para ir con niños o simplemente por curiosidad.

Y para terminar el día, Salamanca también sabe cuidar el apartado de las copas. Muchos coinciden en que Niebla Cocktail Bar sirve algunos de los mejores combinados de la ciudad. Su mojito es muy popular, pero también destaca su impresionante colección de ginebras y acompañamientos para gin-tonics a medida. Un lugar perfecto para cerrar una jornada gastronómica intensa.

Entre la riqueza de su tapeo, la potencia de la cocina tradicional charra, la apuesta por el producto local y una oferta creciente de restaurantes creativos y de alta cocina, Salamanca se ha consolidado como uno de los grandes destinos gastronómicos de España. Desde una humilde ración de jeta o unas bravas en barra hasta un menú degustación con estrella Michelin, la ciudad ofrece opciones para todos los bolsillos y antojos, siempre con ese ambiente vivo y cercano que hace que uno se marche pensando ya en cuándo volver a sentarse a la mesa junto a la piedra dorada del Tormes.

Dónde comer durante Paris Fashion Week: guía foodie definitiva

dónde comer durante paris fashion week

restaurantes en Paris Fashion Week

Cuando llega la Semana de la Moda de París, la ciudad se transforma en una pasarela a cielo abierto: desfiles encadenados, presentaciones secretas, fiestas maratonianas y un ajetreo constante entre taxis, backstage y front rows. En medio de ese caos delicioso, saber dónde sentarte a comer, tomar un cóctel o simplemente descansar los pies se convierte casi en una cuestión de supervivencia estilosa.

En esta guía encontrarás una selección muy completa de restaurantes, bistrós, cafés, bares de vinos y direcciones de moda donde ver y dejarte ver durante Paris Fashion Week. Desde mesas míticas frecuentadas por diseñadores y modelos hasta nuevos hotspots escondidos tras concept stores, pasando por brasseries históricas, neo-taquerías, templos del caviar o barras de helado y vino natural, aquí tienes todo lo que necesitas para vivir la ciudad como lo hace la industria.

Clásicos fashion donde ver y ser visto

Hay lugares que, más que restaurantes, son instituciones del universo moda, escenarios habituales de editoriales, campañas y reuniones improvisadas entre insiders; si te apetece sentirte parte del “circo” de Fashion Week, éstos son paradas obligatorias.

Café de Flore

En pleno Saint-Germain-des-Prés, Café de Flore es uno de esos sitios que no necesitan presentación: sus mesas han servido de decorado a campañas de Chanel, Saint Laurent, Longchamp o Louis Vuitton y se han convertido en un punto de encuentro natural para editores, modelos, fotógrafos y diseñadores. Durante los días de desfiles, su terraza es casi una extensión del front row.

Entre un show y otro, muchos equipos hacen aquí una parada estratégica para tomar un café, compartir una ensalada o un croque-monsieur y revisar el calendario del día. No es el lugar más económico de París, pero sí uno de los más icónicos, y su atmósfera de brasserie histórica lo compensa con creces.

Hotel Costes

El Hotel Costes es, desde hace años, uno de los refugios favoritos de modelos, actores, creativos y fauna hipster internacional. Soñado y decorado por Jacques García, mezcla lujo decadente, penumbra calculada y una banda sonora reconocible al instante, creando el ambiente perfecto para reuniones discretas o cenas largas después de un desfile importante.

Su bar es famoso por servir uno de los mojitos más aclamados de París, según guías especializadas como Figaroscope; no es raro cruzarse aquí con equipos de campañas, fotógrafos o estilistas cerrando el día con un cóctel en mano.

Dirección: 239-241 rue Saint-Honoré, 75001 Paris.

The Hoxton Paris

Tras sus aperturas en Londres, Ámsterdam y Nueva York (Williamsburg), The Hoxton desembarcó en París ocupando el Hôtel Rivié, un edificio del siglo XVIII diseñado por Nicolas d’Orsay para Etienne Rivié, consejero de Luis XV. La rehabilitación fue larga, pero el resultado es un hotel vibrante en pleno Sentier, con patios interiores llenos de vida y zonas comunes siempre animadas durante Fashion Week.

Además de su restaurante y su oferta de coctelería, el hotel ha sumado un bar de vinos en el patio interior, llamado Planche, donde se sirven vinos, cervezas y sidras orgánicas acompañadas de tablas de quesos y embutidos; perfecto para recargar pilas entre un desfile y una presentación.

Dirección: 30-32 Rue du Sentier, 75002 Paris.

Bistrós y restaurantes imprescindibles durante Paris Fashion Week

Además de los templos clásicos, París está repleta de bistrós contemporáneos y restaurantes de autor que se han convertido en meeting points habituales para la industria. Aquí se cierran acuerdos, se celebran fichajes y se comentan colecciones con una copa de vino natural delante.

Ferdi

Ubicado en el distrito 1, Ferdi es un pequeño bistró que se ha ganado una clientela fiel de celebrities, it girls y artistas. El local está decorado con cuadros, recuerdos, juguetes y objetos personales del hijo de los propietarios, Ferdinand, lo que le da un aire entrañable y ecléctico.

Su carta parte de la cocina francesa, pero incorpora guiños griegos, venezolanos y españoles, con tapas como jamón serrano, cecina de León, lomo o sobrasada de Mallorca sobre pan ciabatta. Entre sus platos más codiciados destacan las hamburguesas, los churros con chocolate y el famoso “mac & cheese”, todo ello habitual en las mesas de figuras como Kim Kardashian.

Dirección: 32 Rue du Mont Thabor, 75001 Paris.

Carboni’s

Carboni’s es la evolución italiana del restaurante Carbón, instalada en el mismo espacio y con el mismo equipo, pero con un enfoque plenamente transalpino. La carta se centra en platos potentes y golosos, con una enorme chuleta de ternera y una carbonara cremosa como grandes hits.

Después de cenar, la jugada perfecta es bajar al Sotto Voce, el bar del sótano, donde se alarga la noche con cócteles bien ejecutados y un ambiente distendido que atrae a mucha gente de la industria.

Dirección: 45 Rue de Poitou, 75003 Paris.

Chez Janou

Chez Janou es uno de los bistrós provenzales más queridos de París, con una atmósfera desenfadada y cálida. Aquí se celebra la cocina del sur de Francia con platos contundentes y sabrosos: mejillones gratinados, ensalada de espinacas con queso de cabra, magret de pato o lubina al pesto, entre otros.

Uno de sus mayores reclamos es su impresionante selección de pastís, con más de 80 referencias para descubrir este licor anisado típico de la Provenza; ideal para un aperitivo largo después de un desfile de mañana.

Dirección: 2 Rue Roger Verlomme, 75003 Paris.

Laurent

En el corazón de la capital, Laurent es uno de los restaurantes más emblemáticos para quienes buscan alta cocina clásica con un giro contemporáneo. Bajo la batuta del chef Mathieu Pacaud, la carta propone platos como el brioche de muselina coronado con caviar dorado, la ensalada de langosta azul o un original tartar de tres carnes (Charolais, Wagyu y Angus de Castilla).

Su ubicación y su ambiente refinado lo convierten en un escenario frecuente para comidas de negocio, celebraciones discretas o almuerzos entre desfiles cuando el calendario está cargado entre los Campos Elíseos y las Tullerías.

Dirección: 41 Av. Gabriel, 75008 Paris.

Parcelles

En una calle tranquila de Le Marais se encuentra Parcelles, un bistró abierto en 1936 que mantiene su encanto de época, pero con una cocina estacional muy actual. Es un lugar muy apreciado por sumilleres y amantes del vino, ya que su bodega combina referencias del sur de Francia con etiquetas italianas y españolas.

En la mesa puedes encontrarte con buñuelos de calabacín, jarretes de cerdo prensados o un tiramisú con notas intensas de avellana, platos ideales para una cena relajada en pleno Marais cuando aprieta el ritmo de los desfiles.

Dirección: 13 Rue Chapon, 75003 Paris.

Café Charlot

Café Charlot es una antigua panadería transformada en bistró clásico de barrio, justo frente al mercado de Enfants Rouges. Es uno de los spots favoritos para brunchs y cenas informales durante Fashion Week, cuando el Marais se llena de equipos creativos.

En la carta mandan los platos típicos de brasserie: bistec con huevo (“au cheval”), steak tartar, hamburguesas, ensaladas variadas y una pequeña selección de vinos bien escogidos. Su terraza es perfecta para observar el ir y venir de estilistas y compradores.

Dirección: 38 Rue de Bretagne, 75003 Paris.

Hotspots creativos y concept stores con cocina de autor

La escena gastronómica parisina se ha mezclado con la moda y el diseño hasta el punto de que muchos de los lugares más interesantes son espacios híbridos: concept stores con restaurante, hubs culturales donde se organizan exposiciones y DJ sets o cafés ligados directamente a casas de lujo.

Halo Paris

Escondido al fondo de una concept store de moda y diseño emergente, Halo funciona como un auténtico hub creativo: tienda, sala de exposiciones, cocktail bar y mesa de chef conviven en un mismo espacio. El cocinero Victor Blanchet firma una cocina ligera, colorida y muy mediterránea, con influencias de la cultura vasca.

En su menú aparecen platos como tataki de lubina flameado con pastis, mousseline de remolacha y limón confitado, perfectos para quienes buscan algo refinado pero desenfadado, a un paso de muchas sedes de desfile.

Dirección: 12 Rue Saint-Sauveur, 75002 Paris.

Café du 19M (Manufacture de Mode Chanel)

Dentro de la Galerie du 19M, epicentro de los métiers d’art de Chanel, se encuentra el Café du 19M, una dirección gastronómica muy ligada al universo de la maison. Aquí, bajo la dirección de la chef Laurine Marty, se propone una cocina creativa, colorista y muy comprometida con el producto de temporada.

Es un lugar ideal para quienes desean empaparse del espíritu de la moda desde otro ángulo, rodeados de artesanía textil y diseño, mientras disfrutan de platos equilibrados entre desfile y desfile.

LV Dream – Café “Maxime Frédéric en Louis Vuitton”

En el espacio expositivo LV Dream, dedicado a repasar las creaciones más icónicas e innovadoras de Louis Vuitton, se encuentra el café de Maxime Frédéric, uno de los pasteleros estrella del momento. Este enclave ha incorporado también una oferta salada decorada con el monograma de la maison, convirtiendo cada plato en un guiño al universo LV.

La experiencia se completa con una chocolatería y boutique, perfecta para quienes buscan un alto contenido instagramable y dulce entre citas de agenda.

Le Café Lacoste

A un paso de los Campos Elíseos se prepara la apertura del Café Lacoste, un coffee shop de aire claramente “tennis chic”. Su propuesta combina decoración inspirada en las pistas y una carta disponible todo el día, ideal tanto para un desayuno temprano como para un break de media tarde entre shows en el Triángulo de Oro.

Restaurantes y cafés de marca

La capital francesa está salpicada de direcciones gastronómicas ligadas a firmas de lujo: desde el restaurante Monsieur Dior y el Jardín by Yannick Alléno en el 30 Montaigne, donde la hora del té se eleva a ritual de alta costura, hasta el recién anunciado Sushi Park en la boutique Rive Droite de Saint Laurent, con experiencia omakase de alto nivel diseñada por el chef Peter Park.

Otras casas apuestan por conceptos híbridos, como el café Maxime Frédéric en LV Dream o direcciones creativas como el ya mencionado Café du 19M de Chanel, que convierten la pausa gastronómica en una extensión del storytelling de la marca.

Bares de vinos, helado con vino y coctelería con alma fashion

Tras un día encadenando desfiles, presentaciones y fittings, lo que apetece es sentarse a tomar una copa en un entorno con personalidad. París está llena de bares de vinos naturales, coctelerías creativas y conceptos híbridos que se han hecho un hueco en la agenda de la industria.

Folderol

Folderol ha conseguido lo que parecía imposible: unir helado artesano y vino natural en un mismo espacio y convertirlo en uno de los locales más deseados del momento. Bajo la apariencia de “ice cream shop & wine bar”, sirve helados caseros en antiguas copas de metal, junto a una carta siempre cambiante de vinos de pequeños productores.

Sentarse en la acera con una copa en la mano y un helado en la otra es casi un ritual entre “bon vivants”; no es raro ver por aquí a Dua Lipa, Jacquemus y otros creativos charlando como en una fiesta de barrio informal pero muy bien vestida.

Dirección: 10 Rue Du Grand Prieuré, 75011 Paris.

Café Müller

Café Müller, en el 10º arrondissement, es mucho más que una tienda de vinos: es un auténtico santuario dedicado al vino natural, orgánico y biodinámico. Al menos un 30% de su carta está formada por vinos naturales elaborados con mínima intervención, a los que se suman etiquetas ecológicas y biodinámicas cuidadosamente seleccionadas.

Cada botella es una declaración de intenciones, y su filosofía se basa en respetar el terroir y evitar artificios, lo que lo convierte en parada fija para sumilleres, chefs y amantes del vino que visitan París durante la Semana de la Moda.

Dirección: 10 Rue des Petites Écuries, 75010 Paris.

Bar Principal

Tras el éxito del restaurante Brutos, Lucas Baur de Campos y Ninon Lecomte abrieron Bar Principal, un homenaje al “boteco” brasileño. Aquí el concepto de snack se lleva muy lejos, con dados de tapioca perfectamente crujientes, un explosivo “not smash burger” y otras pequeñas maravillas ideales para compartir.

La carta de bebidas se apoya en cócteles bien ejecutados y una interesante selección de vinos naturales, creando un ambiente perfecto para alargar la noche después de un show importante, rodeado de gente del sector.

Dirección: 5 Rue du Général Renault, 75011 Paris.

La Puerta del Vino – The Wine Gate (Galeries Lafayette)

Debajo de la cúpula de cristal de las Galeries Lafayette se esconde The Wine Gate, un híbrido de bar de vinos y bodega-restaurante que ofrece más de 100 grands crus de todo el mundo. Cada copa se acompaña de un código QR con información detallada del vino, una idea perfecta para quienes quieren aprender mientras degustan.

La cocina, a cargo del chef Tom Vickers, se centra en platos modernos pensados para realzar cada vino, en un entorno elegante pero relajado que resulta ideal entre compras, presentaciones y desfiles en los alrededores de la Ópera y los grandes almacenes.

Bares y rooftops icónicos

Si buscas vistas espectaculares, el abanico es amplio: desde el Café de l’Homme, con una terraza que se abre frente a la Torre Eiffel, hasta L’Oiseau Blanc en The Peninsula, con una panorámica de 360º sobre los monumentos de la ciudad. En la misma línea, Le Tout-Paris en el hotel Cheval Blanc se ha ganado su estrella Michelin con una cocina francesa contemporánea y una terraza que domina el Sena.

Para planes más nocturnos, Bonnie, en las plantas altas del hotel SO/Paris, funciona como restaurante, bar y club con vistas al río y al Marais, mientras que Victoria Paris combina restaurante festivo y DJ sets a los pies del Arco del Triunfo, en una mansión privada con una de las ubicaciones más espectaculares de la ciudad.

Cocinas del mundo para una Fashion Week sin fronteras

París no vive solo de bistrós y brasseries; durante la Semana de la Moda es habitual saltar de una gastronomía a otra, con propuestas que van de Israel a México, pasando por Japón, la costa californiana o la fusión ítalo-japonesa flotando sobre el Sena.

Miznon

En pleno Marais, Miznon trajo la energía de las calles de Tel Aviv a un local que reinterpreta la comida callejera israelí con producto francés de altísima calidad. Bajo la dirección del chef Eyal Shani, la pita y las verduras son las grandes protagonistas, en recetas llenas de sabor y textura.

Es el sitio perfecto para un almuerzo rápido pero memorable entre presentaciones, con un ambiente distendido y una clientela muy mezclada entre vecinos del barrio, creativos y visitantes internacionales.

Dirección: 22 Rue des Écouffes, 75004 Paris.

Furia

Para amantes de la cocina mexicana contemporánea y los vinos naturales, la dirección clave es Furia, una neo-taquería-cave-à-manger en Saint-Ambroise. Sus creadores, Julio Guerrero (ex Cicatriz, Ciudad de México) y Oliver Lomeli (Chambre Noire), proponen una carta en constante cambio donde el vegetal ocupa el centro del escenario.

Aquí puedes probar un taco al pastor reinterpretado con shiitakes en lugar de carne, o uno cargado de verduras salteadas (calabaza, pimientos), maíz y un aioli picante que engancha. Para quienes no renuncian a proteína animal, hay pulled pork y combinaciones inesperadas como atún con guacamole y patatas fritas estilo shoestring.

Dirección: 2 Rue Lacharrière, 75011 Paris.

RORI

Si tu debilidad son las pizzas, RORI se convertirá en un fijo. Situado en el corazón del 11º distrito, toma inspiración de los hotspots neoyorquinos más codiciados, adaptándolos al gusto parisino. En la mesa se cruzan pizzas modernas con ingredientes de tendencia, combinadas con cócteles como el Negroni o vinos naturales con el toque “cool” del momento.

Es una opción fantástica para cenas tardías y grupos de amigos que quieran algo informal pero con mucho ambiente, típico de los días fuertes de Fashion Week.

Dirección: 96 Rue Jean-Pierre Timbaud, 75011 Paris.

UNI, Ojii, Benihana y más japoneses de culto

En el Triángulo de Oro se prepara UNI Paris, un restaurante japonés de aire muy sofisticado de la mano del chef Akmal Anuar, pensado para una clientela exigente que busca productos de primera y ejecuciones impecables. En un registro más íntimo, Ojii propone una experiencia casi silenciosa, como un puente directo entre Tokio y París, con una cocina japonesa depurada y muy técnica.

A medio camino entre espectáculo y gastronomía se sitúa Benihana, el mítico concepto de teppanyaki favorito de muchas estrellas norteamericanas, ahora también en París, donde los chefs cocinan frente al cliente en una puesta en escena muy teatral.

Moon Fusion y Riviera Fuga

La fusión también tiene mucho que decir: el equipo de Mugung ha lanzado Moon Fusion, donde la cocina mezcla influencias italianas y japonesas en platos pensados para sorprender. Algo parecido sucede en Riviera Fuga, un restaurante flotante sobre el Sena que combina sabores de la costa italiana con guiños nipones en un entorno espectacular, perfecto para cenas de impacto durante la Semana de la Moda.

Cali Sisters y Cali Uptown

Si lo tuyo es la vibra californiana, tus direcciones son Cali Sisters, en el distrito 2, y Cali Uptown, en el 10. Ambos espacios recrean un universo muy “West Coast”, con interiores luminosos, muchas plantas y una cocina californiana fresca, saludable pero sin dogmatismos, que funciona ininterrumpidamente durante el día.

Entre bowls, ensaladas, tacos, platos con toques asiáticos y coctelería desenfadada, se han convertido en refugio de creativos y equipos internacionales que buscan un respiro soleado en pleno París.

Bistronomía, marisco y cocina vegetal con estilo

Entre los planes de almuerzo rápido y las cenas de gala, hay toda una franja de restaurantes que apuestan por la bistronomía, el producto y las cartas cortas, muy en la línea de lo que suele buscar la industria cuando viaja.

Le Dauphin

Le Dauphin es un pequeño templo del diseño y la cocina fresca en el 11º distrito. Cada detalle está cuidado al milímetro: interiorismo minimalista, vajilla, emplatados muy estéticos y una carta que cambia con frecuencia para adaptarse al mercado.

Es perfecto tanto para un picoteo ligero en barra acompañado de un buen vino, como para una comida más pausada con platos para compartir; no extraña que sea parada habitual de chefs, periodistas gastronómicos y gente de moda.

Dirección: 131 Avenue Parmentier, 75011 Paris.

Vivant 2 y Le Collier de la Reine

El equipo de Savoir Vivre firma varias direcciones fetiche para los días de desfiles. Vivant 2 es un auténtico santuario para quienes buscan una cocina centrada en el vegetal, los moles y el terroir francés, a través de la mirada del chef Rob Mendoza. Su pan de patata casero con tahini y acelga suiza se ha convertido en un manifiesto gastronómico.

Muy cerca, Le Collier de la Reine apuesta por los mariscos y platos de brasserie refinados, con creaciones como el “Prince”: una rebanada de brioche coronada con medallones de tuétano y espinacas sobre una base de mantequilla roja. Dos direcciones con alma de culto para insiders.

Direcciones: Vivant 2 – 43 Rue des Petites Écuries, 75010; Le Collier de la Reine – 39 Rue des Petites Écuries, 75010.

Clamato

Heredero del universo de Septime, Clamato se inspira en las ostrerías de la Costa Este de Estados Unidos. Su nombre hace referencia a un cóctel muy popular en Quebec, una especie de Bloody Mary con jugo de almeja que puedes probar aquí mismo. La carta es breve, muy centrada en pescado, marisco y vegetales con influencias internacionales y un tratamiento impecable del producto.

El interiorismo está muy trabajado, con una estética cálida y contemporánea; eso sí, hay un detalle importante: no aceptan reservas, así que conviene ir temprano o tener paciencia, sobre todo en días fuertes de Fashion Week.

Dirección: 80 Rue de Charonne, 75011 Paris.

Recoin

El restaurador serial Florent Ciccoli está detrás de Recoin, un bistró que recuerda al exitoso Café du Coin, pero con el toque creativo del chef finlandés Marlo Snellman. Por la noche, el espacio se convierte en un bar de pequeños platos para compartir, entre los que destacan los blinis con nata cruda y trucha, el pollo popcorn con mayonesa picante o los buñuelos de maíz.

Es una elección estupenda para cenas informales con amigos del sector, regadas con buenos vinos y un ambiente animado sin sentirse demasiado “postureo”.

Dirección: 60 Rue Saint-Sabin, 75011 Paris.

Direcciones para brunch, sándwiches y pausas rápidas con estilo

Entre desfiles a primera hora, fittings improvisados y visitas a showrooms, muchas veces lo que necesitas es un brunch potente o un sándwich bien hecho que te permita seguir a buen ritmo sin sacrificar sabor ni estética.

Paperboy

En Rue Amelot se levanta Paperboy, un hotspot muy ligado al universo streetwear. El local ha colaborado con marcas como New Balance o Beams y su interiorismo refleja un gusto claro por la estética urbana y cuidada, lo que lo ha convertido en punto de encuentro de la comunidad hypebeast.

Su carta se especializa en sándwiches frescos y caseros, acompañados de bebidas refrescantes, perfectos para quienes quieren algo rápido pero con “attitude” entre un desfile y otro.

Dirección: 137 Rue Amelot, 75011 Paris.

Bonne Heure Paris

En Pigalle, Bonne Heure condensa el espíritu del barrio: gran terraza en esquina, interior cálido y una cocina sorprendente pero accesible. Abre desde primera hora hasta la madrugada, adaptándose a cada momento con cafés, almuerzos ligeros, cenas relajadas y cócteles nocturnos.

Entre las recomendaciones destacan la crème de espárragos con guisantes y tomates confitados, la burrata con tomates, la trucha gravlax con chantilly de limón y hierbas crujientes o la Burger Bonne Heure con comté curado y patatas fritas caseras. Su brunch de fin de semana es una apuesta segura para mezclar dulce y salado sin remordimientos.

Dirección: 25 Rue de Douai, 75009 Paris.

Paper-friendly y otras mesas all day

Además de los ya citados, la ciudad ofrece otras direcciones “all day dining” ideales para encajar en agendas imposibles: desde los cafés de hoteles como Delano Café, escondido en la Maison Delano Paris con cocina franco-italiana, hasta espacios híbridos como Le Shack, que une restaurante, coctelería creativa, coworking y bienestar en una antigua imprenta.

Lujo clásico, caviar y direcciones históricas

Cuando el calendario marca grandes noches -desfiles de alta costura, galas o cenas de cierre- apetece subir el nivel y reservar en instituciones con historia, salones de época y productos excepcionales.

La Maison du Caviar

Fundada en 1956, La Maison du Caviar es un auténtico icono parisino que atrae a una clientela ecléctica de residentes y visitantes. Su decoración bebe de los años 20, con un aire sofisticado que encaja a la perfección con la carta centrada en grandes caviares y productos yodados.

Entre sus platos conviven clásicos de la cocina rusa, como el borscht, los pirojkis o el Stroganoff de ternera, con creaciones contemporáneas como la prestigiosa selección de caviar (blanco de Kadjar, beluga iraní, Imperial Osciètre…) servida sobre hielo, acompañada de vinos de alta gama o vodkas aromatizados con avellanas.

Dirección: 21 Rue Quentin Bauchart, 75008 Paris.

Ducasse Baccarat y Maxim’s renovado

En el distrito 16, la Maison Baccarat ha iniciado una nueva etapa con la apertura de Ducasse Baccarat, donde la cocina con sello Alain Ducasse se une al brillo del cristal y al arte contemporáneo en un entorno espectacular. Es una de las elecciones más lujosas para cenas de alto nivel durante Fashion Week.

Por su parte, Maxim’s, institución absoluta de la vida parisina, ha sido renovado bajo la dirección de Paris Society, que ha insuflado aire fresco sin perder el alma histórica del lugar. Una dirección perfecta para quienes valoran el peso de la historia tanto como el del plato.

La Renommée, Café Lapérouse y Baronne

Para los amantes de la gastronomía francesa en marcos impresionantes, destacan varias direcciones: La Renommée, con fachada histórica y un interior acogedor en la rue Saint-Honoré, donde la cocina francesa brilla sin estridencias; Café Lapérouse, en el Hôtel de la Marine, con un menú que rinde homenaje a los grandes exploradores y un entorno monumental; y Baronne, en el Hôtel Salomon de Rothschild, con salones del siglo XIX, jardín enorme y parrillas de alto nivel.

Buffets, banquetes y experiencias festivas

Paris Fashion Week también pide, a veces, formatos más relajados, festivos y compartidos, desde buffets ilimitados hasta restaurantes donde la música y la fiesta comparten protagonismo con el plato.

Envie Le Banquet

Envie Le Banquet propone un ambicioso buffet ilimitado ideado por el chef Éloi Spinnler, con más de 100 preparaciones distintas dispuestas en estaciones de quesos artesanos, pescados, platos calientes y postres en miniatura. Entre los imprescindibles destacan el risotto al limón, los gnocchi cacio e pepe, la blanquette de veau, el pollo asado y un surtido muy apetecible de tartaletas dulces.

El mejor consejo es guardar sitio para la mesa de quesos, el ceviche del día y algún bocado dulce para cerrar, una opción redonda para grupos grandes de la industria con poco tiempo para coordinar menús.

Dirección: 148 rue du Temple, 75003 Paris.

Restaurantes festivos: Yéyé, Paillettes, Chez Gala y compañía

Si lo que quieres es combinar cena y fiesta sin cambiar de sitio, hay varias direcciones pensadas para ello. Yéyé, en el Bois de Vincennes, propone noches inspiradas en los años 60 a 80, con guiños a Johnny Hallyday o Claude François; Paillettes ofrece cocina mediterránea al ritmo de música en directo y se vincula a los Bains du Marais (hammam, sauna y tratamientos); Chez Gala, cerca de los Campos Elíseos, mezcla platos mediterráneos para compartir con piano en vivo y DJ.

En el corazón del Palais Brongniart, Le Pompon llega con la idea de restaurante festivo de la mano de Laurent de Gourcuff, mientras que Suelo, en el Triángulo de Oro, se centrará en especialidades españolas y un bar de cócteles oculto.

Templos temáticos y direcciones con decorado de impacto

El apartado de restaurantes con escenografías llamativas también es amplio: Mistinguett, en el Casino de París, recrea un universo Années Folles; Red Katz homenajea la cocina china tradicional en un marco retro fabuloso; Onyx deslumbra con una pared de ágata de cuatro metros, y Le Shack aprovecha el carisma de una antigua imprenta para ofrecer un concepto 360º entre co-working, bienestar y cocina vegetal.

Nuevas mesas que se suman al mapa fashion

Cada temporada se incorporan nuevas direcciones a la agenda de insiders, desde restaurantes italoamericanos en barrios clásicos hasta terrazas permanentes en museos históricos; si te gusta descubrir los sitios antes de que se vuelvan imposibles de reservar, toma nota.

Kimono

Kimono es un recién llegado centrado en una interpretación contemporánea de la cocina japonesa ligera y elegante. Su carta gira en torno a yakitoris reinterpretados, tatakis delicados y nigiris creativos, como los de anguila con salsa especial de la casa cuando están disponibles.

Es una opción perfecta para cenas refinadas y equilibradas, ideal para quienes quieren comer bien sin salir rodando en plena maratón de desfiles.

Dirección: 66 rue du Cherche-Midi, 75006 Paris.

Temple & Chapon

En el corazón de Le Marais, Temple & Chapon fusiona la elegancia parisina con el espíritu de las chop houses neoyorquinas. Bajo la dirección de la chef Mélanie Serre, el menú brilla con carnes premium, mariscos y platos pensados para compartir.

Entre los imprescindibles destacan el lobster roll en brioche, las oysters Rockefeller y cortes como porterhouse o T-bone, además de postres golosos como el cheesecake. Es una mesa ideal para equipos que quieren darse un homenaje a pocas calles de muchas localizaciones de desfiles.

Dirección: 116 Rue du Temple, 75003 Paris.

Museos, jardines y terrazas permanentes

Algunas de las aperturas recientes más comentadas tienen lugar en marcos patrimoniales únicos: la terraza restaurante Joli, instalada de forma permanente en los jardines del museo Carnavalet, sustituye al efímero Fabula con una propuesta correcta aunque discutida por su relación calidad-precio; en Neuilly-sur-Seine, Casetta se convierte en refugio mediterráneo con jardín encantador junto al Bois de Boulogne.

También destacan direcciones como Victoria Paris, con vistas al Arco del Triunfo; Le Café de l’Homme, frente a la Torre Eiffel; o rooftops como Bonnie, que regalan algunas de las panorámicas más buscadas para fotos y afterparties.

Con este mapa de direcciones, desde bistrós históricos hasta buffets ilimitados, pasando por barras de vino natural, cafés de marca y restaurantes festivos, tienes a tu disposición todo un recorrido gastronómico a la altura de la Semana de la Moda de París; la ciudad se convierte en un menú infinito donde elegir, combinar y repetir, porque aquí la moda no solo se lleva puesta: también se come, se brinda y se comparte a cada esquina.

5 consejos para elegir hotel

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