La eterna fascinación por Asia: arte, viajes y exotismo

Última actualización: abril 12, 2026
  • El japonismo transformó el arte occidental al incorporar la estética del ukiyo-e, rompiendo con la perspectiva y el claroscuro clásicos.
  • Japón pasó de ser objeto de exotismo a potencia de cultura pop global, impulsando una nueva ola de fascinación basada en manga, anime y diseño.
  • El turismo organizado y los viajes independientes han abierto Asia entera, desde grandes capitales hasta rincones remotos y parques naturales.
  • La mezcla de espiritualidad, naturaleza extrema y megaciudades futuristas convierte a Asia en el gran escenario donde Occidente proyecta deseos y reinventa su mirada.

fascinación por Asia

La fascinación por Asia no es una moda pasajera ni un capricho de millennials enganchados al manga y al sushi. Es una historia larga, compleja y apasionante que mezcla arte, viajes, colonización cultural al revés, turismo de lujo, mochilas polvorientas y ciudades futuristas que parecen de ciencia ficción.

Desde los primeros cronistas que hablaron de Japón o Samarcanda hasta los blogueros que hoy narran sus aventuras en Vietnam, Japón, Sri Lanka o Filipinas, el continente asiático se ha convertido en un espejo donde Occidente proyecta deseos de exotismo, espiritualidad, aventura y evasión. Y, al mismo tiempo, Asia nos devuelve una mirada propia, poderosa, que ha influido en nuestro arte, nuestra estética y hasta en la forma en la que decoramos el salón de casa.

De la imagen mítica de Oriente al japonismo: cuando Asia enamoró a Europa

Mucho antes de que Lost in Translation o los quimonos llegaran a las tiendas de moda, ya existía en Europa una imagen casi legendaria de Oriente. Los textos de viajeros medievales como Marco Polo alimentaron durante siglos la idea de un Este lejano, fabuloso y misterioso, lleno de riquezas y costumbres insólitas.

Con las grandes expediciones marítimas a finales del siglo XV, las noticias sobre reinos lejanos se transformaron en relatos, crónicas y fábulas que reforzaron el aura de exotismo extremo ligado a Asia. Porcelanas chinas, lacas, sedas y objetos «raros» comenzaron a llenar palacios europeos; primero China fue sinónimo de Oriente y, más tarde, Japón heredó ese papel misterioso.

En el caso japonés, el primer contacto intenso con Europa llegó en el llamado «siglo ibérico» (1543‑1641), cuando portugueses y españoles -unidos bajo una misma corona parte del periodo- abrieron rutas comerciales y misioneras. Comerciantes, diplomáticos y jesuitas dejaron descripciones minuciosas de la sociedad nipona de la época, mientras en Japón se notaba cierto influjo occidental en gastronomía, castillos, armaduras o el llamado arte Nanban.

Sin embargo, a partir de 1641 Japón se cerró casi por completo al exterior. Sólo se toleró una pequeña delegación holandesa en la isla artificial de Dejima (Nagasaki) y algunos barrios comerciales chinos en la misma ciudad. Aun así, los japoneses siguieron interesándose por la ciencia europea: se levantaron prohibiciones sobre libros extranjeros no cristianos y nació el rangaku, o estudios holandeses, que sirvió para importar conocimientos científicos y tecnológicos de Occidente.

La gran sacudida llegó a mediados del siglo XIX, cuando el país se vio obligado a abrir sus puertos y se lanzó a una modernización acelerada durante la era Meiji. Japón se volcó en imitar modelos estadounidenses y europeos, mientras que, al mismo tiempo, Europa y Estados Unidos descubrían, casi de golpe, una cultura que había permanecido dos siglos en relativo aislamiento.

El resultado fue una auténtica fiebre por todo lo japonés: artesanía, cerámicas, tejidos, abanicos, lacas y, sobre todo, los grabados policromos en madera ukiyo-e, que pasaron de ser una diversión popular en Japón a convertirse en objetos de culto y coleccionismo en Occidente. Pintores como Manet, Van Gogh, Toulouse-Lautrec, Klimt, Grosz o Whistler encontraron en ellos un caudal de inspiración formal y cromática.

El crítico francés Philippe Burty bautizó este fenómeno en 1876 como «japonismo»: el interés, la admiración y la absorción de la estética y cultura japonesas en Europa y Estados Unidos, un movimiento que se extendió aproximadamente hasta los años treinta del siglo XX.

viajes y cultura de Asia

Cómo el arte japonés revolucionó el arte occidental

El japonismo tuvo dos caras complementarias. Por un lado, una apropiación superficial y decorativa de lo japonés: abanicos, quimonos, biombos dorados, porcelanas y muebles lacados que se usaban para crear ambientes exóticos en casas burguesas, salones de té o anuncios publicitarios, muchas veces dirigidos a un público femenino fascinado por la figura idealizada de la geisha.

Por otro, un nivel más profundo: artistas que se sumergieron de verdad en la sensibilidad estética nipona (el nippon no kokoro), incorporando a sus obras las composiciones asimétricas, los formatos verticales y alargados, el uso valiente del espacio vacío, las perspectivas aéreas y los colores planos sin sombreado que caracterizaban al ukiyo-e.

Frente a la tradición europea basada en la perspectiva clásica, la simetría y el claroscuro, los grabados japoneses proponían planos casi abstractos, ausencia de profundidad y líneas muy simplificadas. Para los impresionistas y postimpresionistas aquello fue un soplo de aire fresco: les permitió romper con las exigencias narrativas y morales de la pintura académica.

Las obras de Hokusai -especialmente sus Manga y sus vistas del monte Fuji- y las de Hiroshige circularon por París y Londres, sirviendo de catálogo vivo de nuevos encuadres: diagonales atrevidas, cortes inesperados, fragmentos de paisaje aparentemente aleatorios y una atención especial a la naturaleza cotidiana (lluvias, puentes, flores, animales, escenas urbanas).

Además, la reapertura de Japón reforzó la visión de un país casi mítico: un archipiélago de samuráis, geishas, templos, jardines y ritos ancestrales, donde se vivía en armonía con la naturaleza y la belleza formaba parte de los objetos más comunes. Esa mirada, muy idealizada, terminó convirtiéndose en tópico, pero fue, durante décadas, un enorme motor de fascinación.

James McNeill Whistler y el japonismo llevado al límite

Uno de los artistas que mejor encarna el espíritu del japonismo es el pintor estadounidense James McNeill Whistler, vinculado al simbolismo y al impresionismo, que desarrolló la mayor parte de su carrera en Francia e Inglaterra. Allí comenzó a coleccionar porcelanas, telas, biombos y grabados orientales, llenando su entorno de chinerías y japonerías.

Al principio, Whistler utilizaba estos objetos como atrezzo exótico en sus cuadros: quimonos, biombos dorados, jarrones azules y blancos, abanicos, lacas, instrumentos musicales… Poco a poco, sin embargo, fue adoptando también la lógica compositiva japonesa, con superficies planas muy decorativas, armonías tonales suaves y escenas más sugeridas que descritas de forma literal.

Un ejemplo emblemático de este proceso es su obra Caprice in Purple and Gold: The Golden Screen. En ella aparece una joven occidental vestida con un quimono negro de flores, fajado con un obi rojo y cubierto por una prenda blanca ligera, sentada sobre una alfombra de aire oriental. Contempla con atención unos grabados ukiyo-e -probablemente de Hiroshige, uno de los grandes maestros que más influyeron al pintor- mientras, detrás de ella, domina la escena un biombo dorado decorado con motivos orientales.

Ese biombo, con sus tonos dorados y verdes, se convierte en el corazón japonés del cuadro: recuerda a las decoraciones de madera dorada y verde del castillo Nijō de Kioto, ligadas a la escuela Kano. Junto a él aparecen una jarra de porcelana china azul y blanca, un taburete lacado, un asiento alto con motivos orientales y hasta el peinado de la modelo, que evoca el recogido típico femenino cuando se viste quimono, dejando la nuca como zona sensual visible.

El propio marco de la obra fue diseñado para potenciar este aire oriental, con círculos de hojas de palmera e hiedra que recuerdan a los mon, los blasones familiares japoneses. Todo en el cuadro actúa como declaración de amor al exotismo: la alfombra, los lacados, los grabados, la porcelana, la mampara…

Pero el japonismo de Whistler no se queda en el «decorado». Gracias a la influencia de los ukiyo-e, el pintor se libera de las exigencias morales y narrativas de la pintura victoriana y se centra en la composición, el color y la sugerencia. Su producción relacionada con Asia puede dividirse a grandes rasgos en dos grupos.

El primero lo forman las obras donde lo oriental es sobre todo visible en los objetos: quimonos, biombos, porcelanas, abanicos, cerezos en flor, parasoles… A esta categoría pertenecen, además de Caprice in Purple and Gold, cuadros como La Princesse du pays de la porcelaine, donde una modelo occidental posando con ropas orientales recuerda a las figuras de porcelana china; Symphony in White, No. 2: The Little White Girl, en la que el toque japonés viene tanto de los objetos como de la división del espacio por espejos y chimenea; The Japanese Dress o Purple and Rose: The Lange Leizen of the Six Marks, con fuerte influencia china; The White Symphony: Three Girls o Variations in Flesh Colour and Green – The Balcony.

El segundo grupo está formado por obras directamente inspiradas en la gramática visual del ukiyo-e, especialmente en las estampas de Hiroshige. Destacan aquí las pinturas de la serie de Nocturnos, como Blue and Silver: Screen, with Old Battersea Bridge o Nocturne: Battersea Bridge, deudoras de las vistas del puente Ryōgoku sobre el río Sumida. En ellas la perspectiva se vuelve casi plana, la composición se simplifica y la atmósfera adquiere un tono poético casi abstracto.

En Variations in Flesh Colour and Green – The Balcony se entrelazan ambos enfoques: por un lado, las mujeres occidentales con quimonos, el servicio de sake, los abanicos y el shamisen (instrumento tradicional japonés), más persianas enrollables y flores rosadas que marcan el espacio; por otro, al fondo, las fábricas humeantes de Battersea que evocan, de forma sutil, las siluetas del monte Fuji, como si Whistler hubiera trasladado al Londres industrial los encuadres de Hokusai.

Japonismo, exotismo y la construcción de un imaginario

La fuerza del japonismo no radicó sólo en los cuadros. Se alimentó también de cronistas, viajeros, periodistas, exposiciones universales, tratados y reportajes que difundieron una imagen muy concreta de Japón. Expo tras expo, desde la Exposición Internacional de París de 1867, los productos japoneses -desde té hasta grabados chirimen-e, la versión barata de los ukiyo-e usados como envoltorio- inundaron Europa y Estados Unidos.

Los chirimen-e, concebidos en Japón casi como entretenimiento barato, pasaron a valorarse como objetos artísticos y souvenirs de lujo. Junto a ellos llegaron biombos, cerámicas, lacas, tejidos y mil y un cachivaches que decoraron salones de la aristocracia primero y de la burguesía después. La fascinación se manifestó de tres formas claras:

  • Inmersión profunda en la esencia estética y espiritual japonesa, una corriente minoritaria pero muy influyente.
  • Renovación estética, donde el arte japonés se usó como motor para transformar el impresionismo, el modernismo o el Art Nouveau.
  • Ambientación exótica, quizá la forma más superficial y duradera, basada en llenar espacios de «cosas japonesas» para crear atmósferas de escapismo y elegancia.

En el plano sociológico, el gusto por lo japonés se concentró especialmente en clases medias-altas urbanas y ambientes femeninos. La geisha -heredera visual de las mujeres de los ukiyo-e, envueltas en espectaculares quimonos- se convirtió en el arquetipo absoluto de lo japonés: delicada, elegante, enigmática, símbolo de un Japón tradicional idealizado.

Es significativo que, mientras la porcelana china inundó Europa desde el siglo XVII sin cambiar de raíz el arte occidental, la llegada masiva del arte japonés en el XIX sí supuso una transformación estilística profunda. No fue sólo un cambio decorativo: se alteraron temas, gamas cromáticas, encuadres y perspectivas, dejando una marca indeleble en múltiples artistas.

Del japonismo al «zenismo» y a la cultura pop japonesa

Con el tiempo, el japonismo clásico fue perdiendo fuerza como moda, pero la atracción por Japón nunca desapareció. Tras la Segunda Guerra Mundial y la ocupación estadounidense, el país se volcó en absorber influencias occidentales y reinterpretarlas a su manera. Durante décadas, Japón importó cine, música, arquitectura, moda… hasta que la balanza empezó a girar.

En las últimas décadas se ha hablado incluso de un cierto «zenismo»: una atracción occidental por la espiritualidad y la estética del zen, entendida como búsqueda de simplicidad, serenidad y contemplación. Su huella se nota en el diseño minimalista, en la arquitectura, en el interiorismo y en determinadas corrientes artísticas europeas, que no copian formas japonesas, sino que se inspiran en su fondo filosófico.

Paralelamente, Japón se ha convertido en una de las grandes potencias de la cultura pop global. Tras Estados Unidos, es probablemente el mayor exportador de productos culturales: manga, anime, videojuegos, cine de animación, idols musicales, modas urbanas… En 2002, Douglas McGray acuñó la expresión «Gross National Cool» para explicar cómo ese «poder blando» japonés influía en medio mundo. Poco después, el Oscar de El viaje de Chihiro consolidó el prestigio internacional del anime y estimuló la estrategia oficial «Cool Japan».

De los Manga de Hokusai y las estampas ukiyo-e que adoraban Monet y Van Gogh hemos pasado a consumir shōnen, seinen y pelis de estudio Ghibli. Los diarios de viaje en papel se han transformado en blogs y canales de YouTube donde occidentales que viven en Tokio, Osaka o Kioto cuentan el día a día, mientras las katanas, los quimonos y las figuras de personajes de anime decoran estanterías por todo el mundo.

Ese nuevo japonismo pop ya no se limita a las bellas artes; se cuela en la arquitectura contemporánea, la gastronomía global, la publicidad, la moda callejera y hasta en cómo entendemos el ocio (cafés temáticos, karaokes, videojuegos de rol japoneses, etc.). Y aunque el exotismo del siglo XIX se ha matizado, sigue habiendo una clara fascinación por la mezcla de tradición y vanguardia que proyecta Japón.

Viajar por Asia hoy: del Japón imperial a los rincones más remotos

Mientras todo esto pasaba en los museos y en los libros de arte, el turismo ha ido abriendo Asia a generaciones enteras de viajeros. Grandes touroperadores y agencias especializadas han articulado rutas que combinan ciudades icónicas, paisajes naturales abrumadores y experiencias culturales intensas.

Un ejemplo claro son los circuitos por el Japón imperial: estancias de ocho días que suelen incluir Tokio, el monte Fuji, Nagoya, Nara y Kioto, con guías locales, alojamientos y visitas organizadas. Son viajes que permiten asomarse al vértigo de Shinjuku, a la serenidad de los templos de Kioto o a la solemnidad de los ciervos sagrados de Nara, sin necesidad de improvisar demasiado.

Pero Japón es sólo una pieza de un tablero enorme. Asia entera se ha convertido en un auténtico paraíso para todo tipo de viajeros, desde quien busca playas idílicas y resorts hasta quien quiere perderse en aldeas sin turistas, montarse en trenes destartalados o asistir a festivales religiosos en lugares que hace años eran casi inaccesibles.

Agencias como Travelplan o Destinos Asiáticos han diseñado programas muy completos por países como Vietnam, Camboya, China, Indonesia, Filipinas, Sri Lanka o Myanmar, donde se combinan los grandes «imprescindibles» -Angkor, la bahía de Halong, Pekín, Bali, Maldivas…- con excursiones a zonas rurales, lagos, desiertos o bosques tropicales.

Paralelamente, una comunidad creciente de blogueros y viajeros independientes ha ido mostrando otra cara del continente: rincones remotos, pueblos minúsculos, parques nacionales poco conocidos y experiencias personales muy potentes, desde ir en bici por Corea del Sur hasta viajar a dedo por Mongolia.

Rincones de Asia que despiertan la imaginación

El mapa asiático que dibujan esos relatos es casi inabarcable. En la India, por ejemplo, hay quien confiesa que Amritsar, en el Punjab, fue una de sus grandes sorpresas: el Templo Dorado de los sijs, con su filosofía de hospitalidad -dormir y comer dentro del recinto sin coste, gracias al trabajo comunitario-, y la ceremonia de cierre de la frontera con Pakistán en Atari, convierten la ciudad en una experiencia espiritual y política a la vez.

En Corea del Sur, cicloviajeros cuentan lo fácil que es acampar en cualquier parte, la amabilidad extrema de la gente -incluso de la policía- y la magia de pequeños pueblos costeros como Wolpo-ri, donde una simple caseta frente al mar puede convertirse en el recuerdo más luminoso del viaje.

Filipinas, por su parte, aparece una y otra vez como un país que mezcla la amabilidad asiática con el calor latino. Islas como Palawan, Siargao o Bantayan son descritas como lugares donde uno llega «para unos días» y termina fantaseando con quedarse a vivir: playas casi vacías, mares de palmeras, atardeceres de escándalo, barquitos hacia islotes desiertos y pequeñas comunidades de viajeros que se sienten en familia.

En Myanmar, más allá de la postal de Bagan con miles de pagodas al amanecer, muchos viajeros recuerdan con especial cariño el tren que cruza el viaducto de Gokteik: vagones de madera, ventanas sin cristal, vendedores ambulantes, mantas, soldados, gallinas vivas, y ese momento de silencio cuando el tren se adentra lentamente en uno de los puentes más altos y espectaculares del país.

Otros destinos menos mediáticos pero igualmente potentes son, por ejemplo, la provincia de Trat en Tailandia, donde pequeñas comunidades impulsan proyectos de ecoturismo sin sacrificar su entorno; el lago Toba en Sumatra, creado por una supererupción volcánica y hoy rodeado de aldeas batak llenas de vida; o las Cameron Highlands de Malasia, con su mezcla de trekking por selva, fresas recién recogidas y plantaciones de té ondulando hasta el horizonte.

Ciudades históricas, desiertos, templos y capitales imposibles

La fascinación por Asia también se alimenta de sus ciudades con peso histórico brutal y de sus paisajes extremos. En Oriente Próximo, Jerusalén es quizá el mejor ejemplo: una urbe donde chocan y conviven religiones, memorias y relatos, y donde lugares como el Santo Sepulcro, el Muro de las Lamentaciones o la Explanada de las Mezquitas condensan siglos de conflicto y espiritualidad.

En Jordania, además de Petra y el Wadi Rum, destaca Jerash, una de las ciudades romanas mejor conservadas de la región, con un anfiteatro de acústica asombrosa y una plaza elíptica rodeada de columnas jónicas que era, en tiempos, el epicentro de la vida social. Más al norte, Turquía ofrece maravillas como la Capadocia, con sus chimeneas de hadas, ciudades subterráneas y vuelos en globo al amanecer, o ciudades menos visitadas como Urfa, donde la hospitalidad kurda convierte una parada improvisada en un recuerdo imborrable.

China, inmensa y diversa, combina metrópolis como Pekín y Shanghái con rutas llenas de naturaleza. Programas como «Lo mejor de China» permiten encadenar en un solo viaje la solemnidad de la Ciudad Prohibida, la impresión de caminar sobre la Gran Muralla, el impacto de los Guerreros de Terracota en Xian, la belleza kárstica de Guilin, los jardines clásicos de Suzhou o la serenidad del lago del Oeste en Hangzhou.

Otros viajeros menos organizados se lanzan a descubrir por su cuenta la provincia de Sichuan, dividiéndose entre la base de investigación de osos panda de Chengdu, el colosal Buda de Leshan tallado en roca, o el Parque Nacional de Jiuzhaigou, con sus lagos de colores imposibles y cascadas que parecen de cuento.

En Asia Central, Kazajistán empieza a llamar la atención de quienes siguen la antigua Ruta de la Seda. Astaná -su capital- crece al ritmo del petróleo, con edificios estrafalariamente modernos, centros comerciales gigantescos y mezquitas conviviendo con iglesias ortodoxas. A la vez, en la periferia sobreviven huellas del nomadismo, contrastando de forma casi surrealista con el brillo de la ciudad.

Y si de extremos hablamos, Mongolia ofrece experiencias como las dunas de Khongoryn Els en el desierto de Gobi: montañas de arena de 300 metros, accesibles tras largos trayectos en coche o a dedo, desde cuya cima se dominan paisajes que parecen de otro planeta. En invierno, a pocos kilómetros, se camina sobre placas de hielo, recordando que en Asia casi todo puede pasar en cuestión de horas.

Espiritualidad, naturaleza y playas: Sri Lanka, Indonesia, Filipinas, Bali y Maldivas

Para los amantes de la naturaleza y la fauna, Sri Lanka es un caramelo. A pesar de ser un país pequeño, concentra una densidad de reservas naturales excepcional: elefantes en Udawalawe, leopardos en otros parques, cocodrilos, reptiles y una variedad increíble de aves. A esto se suman playas como las de Bentota y templos como el de Galapota, con su imponente estatua de Buda.

Myanmar (la antigua Birmania) sigue siendo, pese a los cambios políticos, uno de esos destinos donde la sensación de «otro tiempo» se mantiene. Más allá de Mandalay y Bagan, el Lago Inle con sus aldeas flotantes, pescadores de remo único y huertos acuáticos ofrece un retrato único de vida ligada al agua.

Indonesia y Filipinas, por su parte, son sinónimo de archipiélagos infinitos. Indonesia, con sus más de 17.000 islas, combina volcanes activos, selva, arrozales, cultura hindú en Bali, islam moderado en Java o Sumatra, y paraísos casi vírgenes como las isla Gili o Flores. Allí se encadenan trekkings por cráteres de tres colores, arrecifes de coral multicolor, aldeas donde la sonrisa es el idioma dominante y rutas en camiones abarrotados de gente, sacos de arroz y gallinas.

En Borneo, el Parque Nacional de Tanjun Puting permite convivir durante varios días con orangutanes en semilibertad, durmiendo y comiendo a bordo de barcas que se internan por ríos oscuros entre sonidos de selva y relatos de espíritus. Una experiencia que suele cambiar la perspectiva de quien llega desde una ciudad occidental.

Filipinas suma a todo esto sus terrazas de arroz de Banaue, las Chocolate Hills de Bohol, ríos subterráneos catalogados como maravillas naturales y enclaves perfectos para el buceo y el snorkel. En Siargao, capital del surf gracias a la ola Cloud 9, muchos viajeros dicen haber encontrado ese lugar donde podrían dejar atrás la vida nómada y echar raíces.

Bali, llamada «la isla de los dioses», mezcla espiritualidad hindú, arrozales en terrazas de un verde hipnótico, templos encajados en la selva y playas de todo tipo. Rutas como «Bali al completo» o «Bali encantado y playas» permiten combinar Ubud -corazón cultural y artístico de la isla- con Candidasa, Sidemen y las costas del sur, o incluso con escapadas a Lombok y las Gili. Son itinerarios pensados para equilibrar cultura, paisajes y descanso.

Y en el capítulo de paraísos de postal, Maldivas ocupa un lugar privilegiado. Sobrevolar el archipiélago en hidroavión y ver los atolones como círculos turquesa en mitad del Índico es casi una experiencia en sí misma. Villas sobre el agua, arrecifes llenos de vida, aguas transparentes donde hacer snorkel se parece a nadar en un acuario natural… Aquí el tiempo se mide en mareas, puestas de sol coral y desayunos con los pies en la arena.

Japón hoy: entre templos, rascacielos y callejones diminutos

Volvemos a Japón, porque es probablemente el país que más condensa la mezcla de tradición milenaria y modernidad desatada que tanto atrae a los viajeros. Tokio impacta con sus barrios hiperactivos como Shibuya o Shinjuku, pero es en detalles como el Golden Gai donde muchos sienten que tocan la piel real de la ciudad.

El Golden Gai es una pequeña zona de Shinjuku formada por callejones diminutos llenos de bares minúsculos, muchos de ellos con temáticas variopintas: desde locales de flamenco donde japonesas cantan sevillanas de oído hasta bares de rock, jazz o cine. Cada bar tiene capacidad para muy poca gente, lo que favorece las conversaciones y la sensación de estar en un club secreto en medio de una megápolis.

Fuera de la capital, lugares como Miyajima -con su atmósfera casi suspendida en el tiempo al caer la tarde, cuando se van los excursionistas y se quedan apenas los ciervos, los huéspedes y el sonido del mar- o Kioto -llena de templos, barrios tradicionales, casas de té y pequeños restaurantes- muestran una cara más sosegada del país.

En Kioto y alrededores destacan el santuario Fushimi Inari-Taisha, famoso por sus miles de torii rojos formando túneles sobre las laderas de la colina, que muchos recorren en busca de un rato de calma interior, y los bosques de bambú de Arashiyama, donde el susurro del viento entre los tallos ha sido declarado uno de los «100 sonidos a preservar» de Japón.

La suma de todos estos elementos -arte, espiritualidad, tecnología, cortesía extrema, estética cuidada hasta en el plato de ramen más humilde- hace que Japón siga siendo el epicentro de la fascinación por Asia para muchísimas personas, ya sea a través de un viaje organizado, de una estancia larga o, simplemente, de las películas y cómics que consumimos desde el sofá.

Mirando todo este recorrido, desde los primeros cronistas de Samarcanda y los misioneros que describieron Japón hasta los impresionistas enamorados del ukiyo-e, las agencias que venden circuitos imperiales y los mochileros que persiguen orangutanes o dunas en Gobi, queda claro que Asia funciona para Occidente como un gran escenario de deseos: de belleza, de aventura, de espiritualidad, de lujo, de desconexión. Y, al mismo tiempo, es un conjunto de realidades muy diversas que devuelven miradas propias, cambian nuestro arte, reescriben nuestras ciudades, llenan de arrozales y templos nuestros fondos de pantalla y recuerdan, viaje tras viaje, que el mundo es bastante más grande, complejo y fascinante de lo que solemos pensar desde casa.